25-N

"Tarde o temprano vendrá y me matará. Es duro, pero es la realidad"

Dos víctimas de violencia machista hablan con los mossos que les ayudaron a dar el paso

Arenys de MarSiempre que va a un bar se sienta de cara a la puerta. Teme que entre él y le ataque por la espalda. No puede ir sola por la calle. Siempre le acompaña una perra adiestrada para atacar si le atacan. Nunca coge el teléfono si le llama un número desconocido. Teme que sea él. “Han pasado 15 años y el miedo nunca lo he perdido”, dice Rosa (nombre ficticio). No puede tomar el transporte público sola desde que un día él la persiguió en el metro. Le cuesta mucho mantener relaciones sexuales. “Abusaba de mí. Para mí el sexo siempre ha sido doloroso. Cuando se acerca un hombre, siento rechazo”. Admite que no ha podido volver a tener una relación de pareja en 15 años. “Necesito vivir. La gente me dice que soy joven y guapa”. Trate de guiarse por la filosofía de vivir el momento. "Y no anticiparme a nada". Lo intenta, pero tiene permanentemente una fecha en la cabeza: “Tiene una orden de alejamiento hasta el 2027. Cuando acabe, es la crónica de una muerte anunciada. Tarde o temprano vendrá por mí y después se llevará a mi hijo. Es duro, pero es la realidad”.

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Rosa mira a Javier y le dice: “Hace unos años no era capaz de verbalizar lo que hoy estoy diciendo”. Se le escapan las lágrimas cuando recuerda que cuando estaba con su expareja pesaba 42 kilos y vestía siempre de negro. “No sabía andar, no era capaz de hablar con la gente, ni con mi familia. Iba muy medicada, incluso me daban ketamina. No era yo. Me miraba en el espejo y no me reconocía”. No dormía porque sabía que por las noches, cuando él llegaba bebido, era cuando estaba más agresivo. Xavier Aranda le coge la mano. Él es agente del Grupo de Atención a la Víctima (GAV) de los Mossos d'Esquadra de Arenys de Mar. Conoce a Rosa desde el 2008 y le ha acompañado desde la primera denuncia hasta la última, con muchos juicios de por medio. Casi 15 años después, Xavier llama a Rosa regularmente para saber cómo está. Hoy han quedado en comisaría, el mismo lugar donde dijo por primera vez todo lo que había sufrido: “Estaba bloqueada. No sabía hablar. Él me sacó todo lo que no me había atrevido a decir”.

Habla con rabia cuando recuerda todo lo que le hizo. “Me ha perseguido con cuchillos, me ha arrastrado cogida por el pelo por la carretera para no querer ir a cenar a donde quería. Me ha tirado botellas de cristal llenas en la espalda. Me ha pegado por haber puesto la sopa demasiado fría, o por mirarlo mal cuando no la había mirado. Me he meado encima del pánico. De pensar: «Este tío me mata, me mata». Tenía a mis padres amenazados. Una amiga que vivía con nosotros dormía con un cuchillo debajo de la cama". Rosa dijo bastante una noche: "Mi hijo tenía seis meses. Él llegó bebido y me atacó. Me pegó con mi hijo en brazos" .Salió corriendo de casa, con pijama y descalza, y fue a casa de sus padres.

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Muchas llamadas

El hijo de Lidia (nombre ficticio) también es protagonista en su historia de malos tratos. Fue él quien llamó a los Mossos. Se puso Glòria Roura, el agente que lleva 12 años trabajando con Xavier en el GAV. "A mí me costó mucho atreverme porque tengo tres hijos y llevaba 30 años con él", explica Lidia. Mantuvieron muchas llamadas con Gloria antes de dar el paso. “Al principio era sólo cuando iba bebido. Al final, todos los días. Me insultaba, me zarandeaba. Y yo aguantaba, y aguantaba. Me amenazaba con llevarse al hijo pequeño. Y yo aguantaba. Cuando estaba poseído decía a mis hijos que escucharan música”. Los dos mayores ya pasaban de la veintena, pero también tiene un hijo pequeño, que entonces tenía cinco años. “Un día mis hijos me dijeron: cuando podamos nosotros nos marcharemos de casa y tú te quedarás solo con él”, rememora. Ahora, su hijo pequeño tiembla cada vez que ve a su padre.

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“La violencia era psicológica hasta que una noche me pegó. Me hizo daño. Nunca lo había hecho. Ese fue el día que dije lo suficiente. Al día siguiente denuncié”, explica. Ya hace más de un año de ese día y hoy Lidia y Gloria han quedado para hablar un rato. “Desde que se marchó no parece mi casa. Estamos felices. Mi hijo nunca venía con la novia porque él se quejaba de que teníamos que hacer más comida”, describe, y añade que ahora no quiere saber nada de los hombres. Como en el caso de Rosa y Xavier, se llaman periódicamente.

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Justo antes de que llegara Lidia, Gloria estaba atendiendo a una llamada de una víctima de violencia machista a la que estaban a punto de desalojar. Delante, Xavier hablaba por teléfono con una víctima que lleva ya casi 12 años llamando periódicamente. Estaba haciendo la maleta para tomar un barco hacia Mallorca: “¿Llegas esta noche? ¿Y tienes ganas? Cuando estés por ahí llámame y así nos vemos. Un abrazo”. Se crean relaciones casi de amistad. A menudo pregunta si se ve con alguien. “No es por curiosidad, si tiene un novio es un momento de riesgo porque la expareja puede ir a buscarla por celos”, comenta. Si ella le dice, por ejemplo, que debe ir al dentista, él se lo apunta. Así el siguiente día le pregunta cómo fue. Cuando Xavier cuelga, abre un documento larguísimo con muchos nombres y teléfonos. Todas son víctimas. Gloria ha comenzado una nueva llamada. Es una mujer a la que en el 2012 su pareja intentó matar. Ella le cuenta que será abuela. El hombre que la agredió no ha vuelto a prisión después de un permiso.

Éste era uno de los momentos que más temía Rosa. En un permiso fue a buscarla con dos cuchillos cuando ella estaba con sus amigas. "Me lo he encontrado en la puerta de casa, fuera de los juzgados esperándome, incluso me encontró en la casa de acogida", narra. "Nos encontramos desprotegidas". Mira a Xavier y dice: “Los tenemos a ellos, sí. Pero nunca acabas de estar segura”. “El orden de alejamiento, en el fondo, es un papel”, comenta Xavier. Cada vez crecen más las roturas de condena y Lidia también lo ha vivido en primera persona: viven en el mismo pueblo con su expareja. Ambas llevan un teléfono Atrempo, de la Cruz Roja, para urgencias. “Hace poco estábamos tomando algo y se acercó. No llamé a la policía, me supo mal que se lo llevaran delante de mi hijo”, describe. Recuerda que le cuesta dormir desde un día en que él intentó entrar en casa por la noche. Y que intenta no ir nunca sola por la calle porque a veces se le cruza. Cada denuncia por ruptura de condena significa un nuevo juicio, con el desgaste emocional que supone. Unos juicios donde "no lo dices todo porque esto puede jugar en tu contra", dice Rosa. “Y si denuncio cada vez que le veo no me dejará vivir. Vendrá por mí”, dice Lidia.

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Cuando van a un juicio Gloria y Xavier también las acompañan. "Hay veces que sólo nos tienen a nosotros", añade Gloria, y recuerda el caso de una chica que les esperaba sentada en un banco, sola, antes del juicio. Admiten que les frustra entrar en la vida de personas que son agredidas todos los días y al día siguiente vuelven con el agresor. “No les puedes recriminar nada, tienes que entenderlas. Tienes que ponerte en la piel de una mujer que se cree su marido cuando le dice que no volverá a hacerlo, que le quiere. En algún momento debe abrir los ojos, pero debe hacerlo ella”, dice Gloria.

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Recuerdan el caso de una mujer a la que su pareja hacía desnudar cada día para olerla y así ver si había mantenido relaciones sexuales. Le costó mucho denunciar. Para conseguir que den el paso, exploran todas las posibilidades. Desde llamar a la madre, al hermano o al hijo hasta acudir a una consulta médica a hablar con una víctima mientras su marido, de quien nunca se separaba, estaba buscando aparcamiento. Sin embargo, hay mujeres que no siguen el camino de Rosa y Lidia y nunca acaban dando el paso. Ahora mismo existen 13.000 mujeres que reciben llamadas periódicas del Grupo de Atención a la Víctima. En 12 años, Gloria y Xavier han visto de todo. Han vivido en primera persona casos de mujeres a las que intentaban ayudar semanalmente y que han terminado asesinadas.

Rosa no tiene problemas para decir que si no hubiera salido de aquella relación seguramente estaría muerta. Pero el camino admite que ha estado lleno de obstáculos, y más con un hijo pequeño. Recuerda cómo quedaban con su expareja en un punto de encuentro habilitado para que viera un rato a su hijo. “Venía bajo los efectos de la heroína y el alcohol. Y en el punto de encuentro nadie decía nada. Me volvía el niño meado y cagado. Se jodía heroína delante suyo y después yo tenía que hacer la prueba del VIH al niño. Sin embargo, el niño no sabe ni una cuarta parte. Mira si he sido tonta que hasta los cinco años le decía que los regalos de Reyes eran de su padre, que estaba de viaje”, narra. Y añade: "Un día escribiré un libro, pero me esperaré que él esté muerto para hacerlo".

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