250 años de sueño y pesadilla
Pertenezco a la generación del niño de Toy Story, que de un día para otro pasó de jugar a los cowboys a ser astronauta. Mis héroes de Bonanza quedaron arrinconados por Armstrong, Collins y Aldrin. Los Estados Unidos habían alcanzado la cima del progreso tecnológico de la Humanidad, y eran los mejores explicándolo. A pesar de los magnicidios de los 60 y el desastre de Vietnam, la proeza del Apolo 11 y la lección de honestidad del Watergate aún mantuvieron a EE. UU. en el pedestal.
Los sentimientos de aquella admiración temprana han sido corregidos por la cruda realidad, porque el declive moral americano se ha ido imponiendo sin paliativos.
EE. UU. celebra los 250 años de su independencia en un momento muy bajo de su historia. Días atrás, el vecino de asiento de un avión me admitió su vergüenza de ir por el mundo siendo americano cada vez que le hablaban del presidente Trump. Insólito en un país que ha educado a su gente haciéndoles creer que son ciudadanos de una nación excepcional, capaz de dar un futuro y una identidad cívica compartida a un país de inmigrantes, orgullosos de crear la primera economía del mundo y siempre manteniéndose como un sistema democrático bajo el imperio de la ley. Todos sabemos la cantidad de notas a pie de página que cuestionan este excepcionalismo, empezando por la contradicción entre independizarse afirmando que todos los hombres han sido creados iguales y, al mismo tiempo, mantener la esclavitud, o la adicción a las armas en nombre de la libertad, pero el éxito del experimento americano ha sido extraordinario. Y no hay ningún país que no cargue con sus mochilas de errores y culpas.
Mañana, mientras humeen las barbacoas y estallen los fuegos artificiales, el grosero, mentiroso y condenado Trump será el presidente del 250 aniversario. Todo un retrato de lo que América ha sido capaz de producir en los últimos años: una presidencia lejos de la altura moral de lo mejor de un país que luchó por la independencia porque perseguía la felicidad de su gente.