29-N: ¿cómo se come, un elefante?

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Santiago Abascal
08/10/2026 - 19:47 h
Historiador, traductor y editor

En Francia, desde que la acuñó, hace ya veinte años, el senador socialista Robert Badinter, se ha popularizado la expresión “lepenización de los espíritus” como una manera de designar la difusión progresiva de las ideas, de los temas y del vocabulario del Frente Nacional –la organización fundada en 1972 por Jean-Marie Le Pen y otros antiguos colaboracionistas con los nazis, hoy rebautizada como Agrupación Nacional– en el seno de la sociedad, de los medios de comunicación y de los otros partidos políticos. La expresión subraya la idea de que, incluso sin necesidad de que la extrema derecha sea mayoritaria en las urnas, sus temáticas principales (como la inmigración, la inseguridad o la crítica a la Unión Europea) acaban por influir en el debate público y por ser banalizadas por la clase política tradicional.

Esto es también lo que ha sucedido en el conjunto de España, donde el malestar social, a diferencia de otros momentos históricos no tan lejanos, parece canalizarse, al menos en parte, hacia opciones de extrema derecha. El hecho es que, siendo todavía una opción minoritaria (en particular en Cataluña, donde Vox no ha ido más allá de un 8% del voto en las últimas elecciones, generales y autonómicas), la extrema derecha condiciona la agenda del debate público, que es asumida, además, por fuerzas de la derecha más convencional (PP y Junts) que antes tenían posiciones más matizadas respecto a cuestiones como la inmigración.

Las explicaciones al porqué del incremento de las derechas extremas en el mundo deben ser necesariamente de orden diverso, porque se trata de un fenómeno complejo: no es lo mismo el votante de Vox de Pedralbes que el de Torre Baró, por decir dos barrios de Barcelona donde la formación ultra obtiene sus mejores resultados. Ni es lo mismo el votante de Vox que el de Aliança Catalana, unas fuerzas que los medios han contribuido a engordar sin que sepamos bien por qué (a pesar de su innegable ascenso en las encuestas). Pero es evidente que hay, por todas partes, una característica común entre el electorado que opta por las fuerzas ultras: son sectores que se sienten marginados del bienestar general, abandonados por los partidos tradicionales (socialdemócratas y democristianos en el caso europeo), y que expresan su falta de confianza en el futuro, y su desconfianza hacia la política, mediante un voto claramente negativo, de protesta, que encumbra –sin que parezca importarles su falta de credibilidad– a unos políticos que se caracterizan por su demagogia sin freno, por su ignorancia manifiesta y, a menudo, por su inmoralidad intrínseca, además de por una ideología nefasta. En esta deriva tienen un papel determinante las redes sociales, convertidas, de una inicial promesa de instrumento de democratización de la participación ciudadana, en fabulosas herramientas de control y manipulación de masas. La desinformación es lo que tanto daño está haciendo a la democracia, un sistema que solo puede funcionar sobre la base de una ciudadanía educada e informada.

¿Qué podemos hacer ante esto? En América se acaba de publicar un libro cuyo título, How to eat an elephant, hace referencia a una frase proverbial, “¿Cómo se come un elefante?”, cuya respuesta es “A bite at a time”(“Bocado a bocado”), y que en el caso del libro se transforma en “De elector en elector”. La autora, una consultora llamada Sarah Longwell, es una antigua miembro del Partido Republicano, que combatió a Trump por habérselo apropiado (en el título, la autora juega con el hecho de que el elefante es el símbolo del Partido Republicano). En una entrevista reciente en la radio, Longwell afirmaba que el electorado vota a un político por su capacidad de identificar los problemas que preocupan a la gente, y no tanto por sus promesas electorales. Así, decía, lo que ha sido fundamental en la elección de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York no han sido las propuestas concretas (congelar los alquileres, la gratuidad de las guarderías o subir los impuestos a los más ricos), que ya veremos cómo será capaz de implementar, sino el hecho de haber identificado la cuestión básica: hacer de Nueva York una ciudad asequible para sus ciudadanos.

Al fin y al cabo, el auge de la extrema derecha –que puede ser combatido con éxito desde la izquierda: París, Berlín y Nueva York, pero no Madrid, son exponentes claros de ello– tiene que ver con el descrédito de la política tradicional, un descrédito que nace de su incapacidad manifiesta de someter la economía al bien común. Tenemos la expresión más cruda y más clara en la crisis de la vivienda que, estos días, está en el centro de todas las discusiones. La pregunta es obvia, pues: ¿la cuestión de la vivienda asequible será el as que han encontrado las izquierdas españolas para zamparse el elefante? La respuesta, el 29 de noviembre. Vayan a votar.

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