Albert Camus y el respeto a los maestros
El 19 de noviembre de 1957 Albert Camus tomó la pluma para escribir a quien había sido su maestro de primaria, Louis Germain. Hacía unas semanas que al escritor le habían comunicado la concesión del premio Nobel. Camus revela a su maestro y amigo: “Cuando supe la noticia, mi primer pensamiento, después de mi madre, fue para usted”. Camus también le recuerda a su maestro la deuda de gratitud que mantiene con él: “Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin su enseñanza y su ejemplo, nada de todo esto habría sucedido”.La relación con su maestro la recoge Camus en su novela autobiográfica El primer hombre. El escritor, proveniente de una familia de ascendencia menorquina, nació en 1913 en Argelia, en un contexto muy humilde. Germain supo ver en aquel niño unas cualidades excepcionales e hizo lo imposible para que obtuviera una beca para estudiar en el liceo. Tanto fue así que el maestro visitó a la madre y a la abuela, con quienes Albert vivía –el padre había muerto en la Primera Guerra Mundial–, para convencerlas de que le permitieran continuar estudiando. La madre y la abuela contaban con que Albert se pondría a trabajar, algo nada baladí dada la pobreza en la que vivían. Germain consiguió ambas cosas: que Camus superara las pruebas y ganara la beca, y que la familia aceptara que ingresara en el liceo, cosa que hizo cuando estaba a punto de cumplir once años.Me han venido a la cabeza Camus, el señor Germain y El primer hombre al pensar en el grave –gravísimo– problema que tenemos con la enseñanza. Este curso ha comenzado con una huelga, y nada indica que el conflicto se resuelva a corto plazo. Más allá, sin embargo, del enfrentamiento entre maestros y profesores y la Generalitat, y de los posibles acuerdos a los que puedan llegar, el problema de fondo, el de la calidad –en el sentido global, integral–, tardará mucho en resolverse, suponiendo que se acabe consiguiendo.Todos hemos tenido maestros y profesores por los cuales sentimos un enorme afecto y agradecimiento. La frase de Camus que he querido recoger más arriba explica, o se acerca a explicar, por qué los recordamos de esta manera. El escritor expresa a su maestro el agradecimiento por el aprendizaje que de él recibió y también por su "ejemplo". Los docentes deben enseñar, y deben enseñar bien. Pero aquellos que quedan en el recuerdo son los que, además, consiguen conectar y ser admirados, emocionar más allá de la materia de la que se ocupen. Hay profesionales de la enseñanza que tienen esta extraordinaria capacidad, este don, para llegar a los estudiantes.
El chiquillo que era Albert Camus sentía un gran respeto por Germain y el resto de sus maestros. Y nunca le pasó por la cabeza cuestionar su autoridad. Tampoco a su familia. Aquella criatura aprendía de forma extraordinaria para su edad porque respetaba y admiraba a aquel hombre (no puede haber admiración si primero no hay respeto). Camus creía en ello: creía en el maestro, pero sobre todo en la persona. Esto me parece que es lo que quiere decir el escritor cuando habla del “ejemplo” que, para él, representó Germain.En este punto nos situamos de lleno ante una de las causas de la crisis de la enseñanza, una causa que, desgraciadamente, no se combate con manifestaciones. Tampoco con más leyes y normas, ni volcando en nuestro sistema de enseñanza los recursos masivos que son necesarios. Es absolutamente necesario devolver a los maestros y profesores el respeto y la autoridad que merecen y necesitan. La erosión que han sufrido el respeto, la autoridad y, en definitiva, el prestigio de los docentes responde a cambios profundos, tectónicos, en nuestra sociedad. Esta mutación de los valores inevitablemente penetra en las familias y, por lo tanto, en los niños. Los niños y los jóvenes se comportan de la forma que perciben que pueden comportarse, y los esfuerzos de los maestros y profesores resultan del todo insuficientes para imponer su autoridad.Un buen amigo de mi generación –que es la generación que hizo la EGB– suele comentar, resumiendo la situación a la que se ha llegado: “Antes, si un profesor llamaba a casa, el chico o la chica tenía un grave problema. Hoy, en cambio, si el profesor llama, quien tiene un problema, y gordo, es el profesor”. Se ha impuesto la idea de que el profesorado es un suministrador de servicios y se le trata como si fuera un empleado. A Camus su familia le dejó continuar con los estudios –a pesar del gran sacrificio que esto suponía– porque los maestros entonces eran figuras respetadas, con prestigio. Hoy, probablemente, Louis Germain no osaría dar un paso como el que dio, y si lo diera, seguramente los familiares se lo quitarían de encima de malas maneras, espetándole a aquel buen hombre: “¿Pero usted qué se ha creído?”