La amenaza que no era

La dimisión del director del Centro Nacional contra el Terrorismo de Estados Unidos no es menor. No abandona el cargo por una disputa técnica ni por desgaste institucional, sino tras afirmar que Irán no representaba una amenaza inminente. La afirmación no solo contradice el relato dominante: desestabiliza el fundamento sobre el que se ha construido la legitimidad de la escalada militar. Y, sin embargo, apenas ha alterado el debate público.

En paralelo, el Washington Post ha informado de que Israel está alentando a la población iraní a rebelarse contra su gobierno. No es una consigna retórica: fuentes israelíes admiten que un levantamiento podría desencadenar una represión masiva. La estrategia asume de antemano un elevado coste humano de civiles iraníes, mientras quienes la promueven permanecen fuera de su alcance, y convierte la desestabilización interna en herramienta aun cuando sus consecuencias son previsibles.

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En este contexto, la noción de amenaza inminente pierde su función como límite. Durante años ha servido para legitimar el uso de la fuerza; hoy aparece como un criterio moldeable. Cuando incluso actores con acceso privilegiado a inteligencia reconocen la ausencia de riesgo inmediato y, aun así, la dinámica militar continúa, el criterio deja de ser la seguridad. Entra en juego otra lógica: control regional, proyección de poder y capacidad de decidir qué riesgos cuentan o se ignoran.

Todo ocurre mientras Israel continúa matando a población palestina en Gaza y Cisjordania, y ha intensificado los ataques en Líbano. No se trata de una cadena inevitable de reacciones, sino de decisiones políticas sostenidas en el tiempo. La guerra deja de ser un recurso excepcional para integrarse en la gestión de los conflictos.

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Esta redistribución no es neutra. Recae sobre poblaciones ya expuestas: iraníes víctimas de ataques aéreos y empujados a una represión previsible, palestinos sometidos a una ofensiva sostenida, libaneses atrapados en una escalada que no controlan. Sus vidas se convierten en una variable asumida dentro de cálculos estratégicos formulados en otros lugares.

Pero esta lógica tampoco protege a quienes la impulsan o respaldan. Y tiene efectos más allá de la región: aumenta la volatilidad de los precios de la energía, reorienta el gasto público hacia la militarización, incrementa la exposición de los soldados y consolida un clima político marcado por el miedo y la inseguridad. La promesa de seguridad se convierte en una dinámica que reproduce inestabilidad.

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Y Europa observa, expresa preocupación y mantiene sus alianzas. Pero esa posición también tiene efectos materiales. La continuidad de exportaciones de armas, la cooperación política y la falta de medidas de presión efectivas contribuyen a sostener este marco. No es pasividad, sino una forma de implicación que permite que estas dinámicas continúen sin un coste político significativo para quienes las impulsan.

Lo que está en juego no es solo un conflicto concreto ni una escalada puntual. Es el umbral a partir del cual la guerra se vuelve aceptable, incluso cuando sus propias justificaciones se erosionan.