Fue una sorpresa: el día que Florentino se puso en evidencia. Un delirio solo explicable por la pérdida de sentido de la realidad que, tarde o temprano, a todos nos llega y que, en su caso, tiene un impacto por el hecho de ser quien es y por haber jugado los roles que ha jugado: empresario todopoderoso e intocable que ha gobernado el Real Madrid como si fuera su casa sin que su gestión fuera cuestionable. Su última prestación solo se puede entender por inconsciencia, por una pérdida significativa de facultades. Una salida de tono tan desmesurada que dejó caer lo peor que lleva en la mochila: un machismo desmesurado, una arrogancia descarada y una pérdida manifiesta del sentido de la realidad. Él, solito, se ha quedado en fuera de juego. Una sensación agravada más tarde, cuando dijo que solo había recibido felicitaciones.
En el frenesí de un encadenamiento de acusaciones y descalificaciones, Florentino liquidó su autoridad: la imagen del todopoderoso se hizo añicos. A partir de ahora ya no será lo que era. Incluso en el caso probable de que gane unas elecciones convocadas aceleradamente y hechas a medida para que nadie ose entrar en el juego. Él mismo, con esa exuberante pérdida de control, se ha situado en la vía de salida. Después de este lío, si sigue de presidente será ya a beneficio de inventario, a la espera de que surja algún relevo creíble.
En todo caso, un mundo tan visible y tan opaco a la vez como el del fútbol –con mucho ruido pero también mucho espacio subterráneo– habrá sido el escenario de un espectáculo expresivo de la condición humana: la facilidad con que todos, empezando por los más poderosos, podemos perder el sentido de la realidad. Florentino, que podía acabar con una salida gloriosa –con reconocimiento por parte de los suyos y respeto por parte de los demás–, entrará inevitablemente en una fase de descuento, en la que cualquier tropiezo subirá de tono.
Los humanos somos así: el que cree que para él todo es posible, que todo le está permitido, y que se indigna cuando alguien le quiere plantar cara, puede acabar atrapado en su insolencia. Final de un mito: el del presidente que estaba por encima del bien y del mal. Y que, en consecuencia, no ha sabido retirarse a tiempo.