Apuntes en el 'Informe Fénix'
L’Informe Fènix sobre el momento de la economía catalana tiene la calidad que se esperaría del grupo de economistas que lo ha confeccionado. Nos transmite un mensaje contundente, aunque lleno de matices. El aspecto que a mí más me ha interesado es el que concluye (en el Anexo 5) que Cataluña tiene un segmento de su economía –inclusivo de la industria– que en términos de productividad es comparable, por ejemplo, con el correspondiente del País Vasco. Me reafirma en la convicción de que aún tenemos una base sólida sobre la cual, si nos lo proponemos y Europa ayuda, podemos construir una economía de primer nivel. También pienso que eso demanda que la punta de lanza de nuestras políticas de fomento pivote sobre el impulso de los sectores más avanzados y productivos.
El informe observa que también tenemos un segmento de la economía de baja productividad que ha inducido, y absorbido, en un tiempo breve un crecimiento demográfico excepcional. Como consecuencia, las medias de productividad (del trabajo, por hora trabajada) y de renta por persona han aumentado la brecha respecto a la media europea. Hago constar que eso no significa necesariamente empobrecimiento, ni para los autóctonos ni evidentemente para los inmigrantes. Concuerdo también en el hecho de que la renta por persona de un país es más importante que la renta absoluta, pero, aun así, la dimensión importa. Como mínimo en Cataluña diluye el peso de la deuda y aumenta el peso político.
Por sí mismo el hecho estadístico no dice nada sobre la capacidad de crecimiento del segmento de productividad alta. La pregunta clave es si el sector de productividad baja interfiere con el crecimiento del de alta productividad, si el turismo de Lloret o la cárnica de Osona limitan seriamente el ecosistema innovador de Barcelona o el complejo petroquímico de Tarragona. El Informe Fénix" piensa que sí, y hay que admitir que el crecimiento demográfico no ha ido coordinado con una expansión proporcionada de los servicios sociales, y que hay tensiones graves (vivienda, Cercanías...) que interfieren. En principio, esta situación debería ser transitoria y diría que el informe reconoce que con políticas ordenadas se podrían absorber mejor los incrementos de población. Pero considera que, por razones no transitorias, el segmento de baja productividad es una losa estructural sobre la economía catalana. Tanto, que es difícil no concluir de los acentos del informe que hay que hacer de su reducción la punta de lanza de la política de fomento. Estoy muy a favor de políticas que aumenten su productividad (la tasa turística la introdujo un gobierno del que formaba parte), pero pienso que no nos debemos distraer del objetivo primordial y donde realmente nos jugamos el futuro: reforzar y expandir el segmento de productividad alta.
El fatalismo del informe deriva de un planteamiento fiscal. Se argumenta que el segmento de baja productividad crea puestos de trabajo ocupados por inmigrantes con sueldos por debajo del umbral en que los ingresos fiscales que generan, sumados a las cotizaciones sociales, compensan los gastos sociales inducidos. Y que, por tanto, recibe, quizás injustificadamente, una subvención oculta. Creo que esta metodología tiene debilidades:
1. Más allá de los ingresos fiscales, las empresas generan beneficios a los consumidores de sus productos –y también efectos externos positivos o negativos–. El informe lo reconoce en cuanto a los cuidados y a la agricultura (impacto positivo sobre personas y territorio) y no las impugnan. Me permito señalar que el turismo nos da conectividad aérea. ¿Lo salvamos, también?
2. En el criterio fiscal me falta un componente. La inversión que genera gasto social nuevo también genera ingresos fiscales por los beneficios empresariales. El informe se focaliza mucho en el trabajador, pero las decisiones relevantes las toman las empresas.
3. La Hacienda catalana es parte de una hacienda cuasifederal en la que los gastos sociales están altamente mutualizados. Cuando un inmigrante se incorpora a la fuerza de trabajo catalana el gasto social inducido –más allá del choque inicial– no lo cubre solo el contribuyente catalán. En buena parte lo hacen los contribuyentes del resto de España (nosotros hacemos lo mismo para sus inmigrantes). Una implicación paradójica sería que en el caso de que redujéramos nuestra inmigración no cualificada el déficit fiscal catalán respecto al resto de España podría aumentar.
Para acabar: comparto la preocupación por la salud de la lengua catalana ante el choque demográfico. Ahora bien, con nuestras migradas tasas de natalidad es seguro que los inmigrantes los necesitamos y vendrán. Por tanto, el grado de catalanidad de la Cataluña del futuro depende de saberlos incorporar –un término de Cardús– a nuestra sociedad.