El Barça frente a las urnas
Teniendo en cuenta cómo ha cambiado el mundo del fútbol profesional, no es poco haber llegado al 2026 y que los socios podamos votar en unas elecciones democráticas en la presidencia del Barça. Con esta alegría de fondo, hablemos.
Las presidencias de Joan Laporta han envejecido mal. Basta con comparar la noche del gazpacho con la del Eintracht de Frankfurt. O la ilusión por hacer socios deEl gran reto con el maltrato a los abonados en la subida a Montjuïc, cuando la directiva anunció un aumento de los precios de los asientos al doble y, viendo el fracaso, los redujo a la mitad. Sin olvidar el nomadismo de los socios arriba y abajo por localidades, que no siempre han sido las mejores disponibles. Hemos visto la expulsión de la grada de animación, las asambleas telemáticas y la negativa a votar por correo. Y la convocatoria de unas elecciones antes de que se decidan los títulos y en medio de una eliminatoria de Champions, con la intención de que tuvieran un perfil bajo, y con un presidente saliente envuelto en los logros de Flick y protegido por la guardia digital.
Laporta fue clave para llegar al mejor Barça de la historia. En el 2010 opiné que la acción de responsabilidad puesta en marcha contra él no buscaba la justicia sino la venganza y que eso hizo mucho daño al club. Pero ahora hay motivos de sobra para que los socios se pregunten si ya les basta con la disonancia entre lo que dice y lo que hace, como cuando afirmó que él era el candidato más capaz para devolver a Messi y acabó haciéndole llorar ante todo el mundo, despediéndole por la puerta trasera y prometiendo, ahora, una estatua a modo de reparación.
El Barça es más que un club y la democracia es un sistema frágil. No ha sido fácil conservar ni lo uno ni lo otro. Por eso, los socios debemos ser exigentes y no llegar a las urnas pensando que una obra colectiva como el Barça depende de una sola persona.