Era en la estació de Sants contemplando con fruición un jovencísimo padre con gorra de béisbol al revés y pantalones caídos que movía, espasmódico, el cochecito de su bebé. Un bebé, no hace falta decirlo, venido por sorpresa, sin ser “buscado”. De entrada pensaba que el padre viajaba solo con la criatura, pero enseguida apareció una chica, también muy joven, que sorbía un refresco. “Vengo del Accessorize”, dijo. Y enseguida, hacia el bebé: “Te traigo una cosita”. Le dio una piruleta, sin abrir.
Acababa de leer en el ARA que la Comisión Europea ha puesto una multa a Temu –hay que decir “gigante asiático”– por vender juguetes para bebés que contienen productos químicos “que superan los límites legales de seguridad o suponen peligros de ahogamiento debido a las piezas desmontables”.
El niño ya lamía el palo de la piruleta. Los padres, mientras tanto, se entretenían con los móviles, y él, ansioso, alargó los brazos. “Que te lo dé papi”, dijo ella. Y el chico, como la criatura que era, hizo: “¡Nooo!”, con un gesto arisco y contrariado, como si fuera el hermano mayor. El niño, que sabía hacerse valer, resopló como lo haría un gato –“Fgggsssxt!”–, que debía ser un gesto copiado de alguna serie de animales. Entonces el chico, temiendo un estallido de furia infantil (el resoplido era el aviso, como hacen los gatos), le dio el móvil. “¡Pero solo un ratito!”, exclamó. Y no porque considerase que ver reels de reggaeton y perreo no es lo más educativo para un hijo, sino porque no quería quedarse sin móvil mucho rato. Y he aquí que el niño, con una maña sorprendente, con gestos airosos, iba pasando lo que hace muchos años habrían sido páginas.
Con este juguete la Comisión Europea no ha sido tan valiente.