Brecha orgásmica y privilegios masculinos
El feminismo es la impugnación del poder masculino establecido gracias a una estructura de violencia sistemática y organizada llamada patriarcado. El macho sapiens se levantó un día y, contradiciendo las evidencias que podía observar con sus propios ojos, decidió que era superior a sus homólogas femeninas. La raíz de esta idea tan estrafalaria es, estoy segura, la fragilidad del ego masculino. Solo hace falta ver el comportamiento de algunos señores ahora y aquí. No los de las cavernas, sino los que se tienen por evolucionados y cultos y formados que, aun habiendo disfrutado de las numerosas ventajas que les ha dado la fratría de quienes llevan las gónadas colgando, también se sienten heridos a la mínima, y las mujeres que tienen la desgracia de convivir con ellos deben ir con pies de plomo para no lesionar la parte más sensible de la anatomía masculina: el ego, que se ve afectado por cualquier brisa insignificante que lo roce. Por eso las estadísticas sobre nuestra vida sexual siguen dando datos sorprendentes en tiempos de emancipación y libertad y bla-bla-bla: resulta que siete de cada diez mujeres fingen el orgasmo.
¡Todavía! ¡En 2026! ¿Qué sentido tiene participar en una relación sexual y no solo no quedar satisfecha sino encima hacerle creer al colega en cuestión que todo ha ido de maravilla? ¿Qué sentido puede tener más allá del de no provocar problemas de autoestima al compañero de cama (o del espacio que sea)? ¿Por qué deberíamos proteger el amor propio de un mal amante en unos tiempos en los que a golpe de clic se puede acceder a una cantidad ingente de información sobre sexualidad y la moral puritana ya no es la dominante? A muchos de estos señores todavía les parece que nuestros orgasmos son una especie de misterio insondable, cuando, de hecho, ofrecen posibilidades infinitamente superiores a las que tienen los simples eyaculadores. Parte del problema debe ser que no salen del esquema falocéntrico y no exploran otras vías de placer esparcidas por todo el extenso mapa erógeno femenino. Todavía recuerdo un artículo de Montserrat Roig mencionado por su biógrafa en el cual, con paciencia de pedagoga, explicaba que el coño no es solo un agujero. ¡Y eso era en los años setenta!
Tener que hacernos responsables de la fragilidad del ego masculino es una carga muy pesada: como si no tuviéramos suficiente trabajo con lo nuestro, nuestro placer, nuestro bienestar, nuestra formación, nuestras carreras profesionales, los hijos, los padres, los amigos y los amados. Encima tenemos que procurar que el macho de turno no se sienta incompetente ni herido. Y lo hacemos por una de las patas más firmes para el patriarcado: el amor incondicional y abnegado y que no exige reciprocidad ni trato igualitario. ¡Qué estafa!
Por todo esto el feminismo es una práctica cotidiana, una defensa constante y encarnizada de los espacios que vamos ganando. Cada vez que veo a una mujer traspasando los techos de hormigón armado que nos ponen, me imagino todo lo que debe haber aguantado para llegar hasta allí. Seguro que muchos señores nacidos con ingentes privilegios todavía tienen el descaro de atribuir a la discriminación positiva el progreso de mujeres formadas y talentosas. No se han quejado nunca de la discriminación positiva sistemática con la cual nacieron ellos y que les ha permitido ocupar puestos de privilegio estén o no estén cualificados para el cargo. Estos paquidérmicos personajes que se pasean con sus flácidas trompas por la parte alta de las organizaciones deben sentirse muy satisfechos de beneficiarse del poder machista que han heredado, pero para el conjunto de la sociedad son una lacra venenosa: destruyen el talento de las que no llegan a los puestos por el tapón que hacen y, por tanto, aumentan los niveles generales de mediocridad. Y encima muchos de ellos no son capaces de provocar ni un simple orgasmo. Ya no digo uno múltiple de los que parece que no se acaben nunca, no, ni uno tan básico como el que suelen tener ellos.