Sois muy buena gente!

Isabel tiene a su madre y a su suegro mayores, ella nonagenaria y él casi. Es un problema. ¡Buf! Para la madre ha conseguido dos cuidadoras que viven en el pueblo, una chica joven de Honduras, Carolina, dulce y trabajadora, y una de mayor, María, a punto de jubilarse, que vino de Córdoba de pequeña y se ha espabilado como ha podido toda la vida. María va a casa de la madre a menudo con su nieta, Naiara, que las distrae a ambas: les baila sevillanas y hace los deberes. Carolina se queda por las noches. Ahora está embarazada. Ya veremos cómo se las arreglará dentro de unos meses. Pero qué empuje y simpatía tiene. De día también limpia casas. María lo ha hecho durante años.

Para el suegro han conseguido a un chico; bueno, más bien un señor, un dominicano alto y fuerte, Moisés, que lo levanta y lo limpia. Una mujer no podría. Como el suegro está bien de dinero, este viene de una agencia, todo legal. Les cuesta un dineral. Porque aparte de Moisés, hay otro para los fines de semana, Josele. No sé cómo lo aguantan, al suegro, es un malcarado y, además, está empezando a perder la cabeza. Pero pagando, San Pedro canta. A veces Josele incluso le hace reír... En fin.

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El cuñado de Isabel tiene un jardinero de Marruecos, Moha, que es una delicia y un trabajador incansable. Se ocupa de todo, de la piscina, del huerto, de todo. Es un manitas. Va unos cuantos días a la semana. Y no es muy caro. Y su mujer, Fátima, le limpia la casa. Lleva velo, son musulmanes. No da ningún problema, es cumplidora, y también les cocina cuscús y cosas de esas. Ella incluso se ha lanzado a hablar castellano. Tienen una hija que es muy buena estudiante; el chico, en cambio, no tira mucho. En fin, con los chicos adolescentes siempre es más complicado. Mientras no se meta en líos.

En la granja de cría de pollitos del hermano de Isabel, Antoni, trabajan unos cuantos subsaharianos, "los negros", dice él. A Antoni le gusta ser políticamente incorrecto, tal como suena. A los más antiguos ya les ha hecho contrato. Hacen más horas que un ventilador y no se quejan. No sabe muy bien dónde viven, repartidos en pisos destartalados, pero salen adelante. Van en bicicleta arriba y abajo, y todavía ahorran dinero y lo envían a las familias de África. Son de fiar. Pero si uno falla, fuera. No encontraría a nadie del país que quisiera hacer unos trabajos tan duros. Por supuesto, sus hijos ni pensarlo, ambos estudian en Barcelona. La granja durará hasta que Antoni diga basta. Pero es de esos que no piensan en jubilarse. ¿Qué haría, si no?

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En el pueblo la única tienda que está siempre abierta es la del pakistaní, Rudi. Así le llaman. Isabel es buena compradora y él a menudo le regala fruta algo golpeada. Toda para ti, Isa!Le recuerda a Armando, aquel aragonés que cuando era pequeña tenía un colmado, can Maitanquis. Rudi tampoco cierra nunca. Lleva la simpatía en los labios y tiene buen género, mejor que el del súper.

Las mañanas que hace la compra, cuando sale de lo de Rudi, se va al bar de la plaza a tomar el cafecito, donde el camarero rumano, Andrei, la recibe con un "Buenos días" impecable. Después chapurrea una especie de idioma propio que no se sabe muy bien qué es: un mix de rumano, castellano y catalán. Pero se hace entender. Al principio, el primer verano, tuvieron el típico lío del café con hielo. Ahora ya lo tiene claro. Conhielo, ¿verdad?"

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Su nieto, Gael, en la guardería tiene un amigo italiano –¿o quizás es argentino?– que hace reír mucho: Nino. Un día a la semana los va a buscar y se los lleva a los dos. Los padres de Nino son vecinos de la urbanización de su hija. De hecho, comparten piscina. Son muy graciosos, este par de críos. Será su único nieto: Paula, la hija, no quiere volver a quedarse embarazada. Con un hijo tiene suficiente y de sobra. Los sueldos no dan para más.

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Isabel lo tiene claro: el pueblo ha cambiado mucho, cada vez hay más gente foránea. Ya no es como antes. Se oye más castellano y todo el mundo va a lo suyo. La gente no se conoce. Está bien que vengan inmigrantes, pero no tantos, ¿eh? Y que sean legales. Cataluña no puede ser una ONG mundial. Solo faltaba eso de Ceuta. Nos va en ello la identidad y el bienestar... Pero que no le toquen a María y a Carolina, a Moisés y a Josele, a Moha y a Fátima, a los subsaharianos de la granja –¿cómo narices se llaman?–, a Rudi y a Nino. ¡Son muy buena gente!