Bulgaria ha dicho basta
Bulgaria ha castigado la corrupción. La victoria de Rumen Radev y su coalición progresista en las elecciones del domingo en el país más pobre de la Unión Europea es el resultado del hartazgo general con un régimen de corrupción desenfrenada, de captura de los recursos del estado, de tráfico de influencias y de malversación. Una mafia arraigada desde hacía años y alimentada por los fondos europeos que llegan desde la entrada de Bulgaria en la UE, en 2007.
Radev, que en enero dimitió de la presidencia del país, que ocupaba desde 2017, para intentar capitalizar, con una nueva formación, el descontento contra el gobierno, prometió en campaña derribar "el estado mafioso" y acabar con la inestabilidad política. Las urnas le han dado la primera mayoría absoluta desde 1997, pero está por ver si podrá llevar a cabo su agenda antioligarquía.
No se puede entender la victoria de este político y exmilitar sin la movilización masiva en las calles de Bulgaria en diciembre de 2025 y todas las protestas multitudinarias que periódicamente han ido denunciando la telaraña de enriquecimiento e impunidad construida por el conservador Boyko Borissov, tres veces primer ministro desde 2009 y pieza clave de un sistema corrupto que tiene como núcleo central los llamados siloviki, una oligarquía estrechamente ligada a los servicios de seguridad de la era comunista, que se aprovecharon del vacío de poder posterior para acumular riqueza e influencia política en los años noventa.
En diciembre Bulgaria vivió las protestas más masivas desde el retorno de la democracia, con decenas de miles de jóvenes en las calles manifestándose contra un sistema que identifican directamente con Borissov y con el oligarca Delyan Peevski. Son los máximos responsables de un retroceso democrático que, una vez más, la Unión Europea se miró desde la impotencia para imponer reformas a sus propios estados miembros, incluso cuando, en junio de 2021, el departamento del Tesoro de los Estados Unidos decretó sanciones contra tres oligarcas búlgaros y una red de más de sesenta empresas y organizaciones relacionadas con la corrupción –uno de ellos el magnate de los medios de comunicación Delyan Peevski.
Un informe publicado recientemente por la Unión por las Libertades Civiles por Europa (Liberties), que recoge pruebas aportadas por más de 40 ONG de 22 países de la UE, señalaba Bulgaria –junto con Croacia, Hungría, Italia y Eslovaquia– como los cinco estados miembros de la UE que están erosionando "consistentemente e intencionadamente" el estado de derecho. El informe acusa directamente al gobierno saliente de regresión en la independencia judicial y de ataques a jueces y periodistas.
Las elecciones del domingo han sentenciado la distancia creciente entre el malestar generalizado de la población y el GERB de Borissov, que consiguió solo un 13% de los votos.
La realidad europea continúa marcada por las desigualdades, que han seguido aumentando en las últimas décadas. Bulgaria es el país más pobre de la Unión, con una inflación rampante, una crisis inmobiliaria y una pérdida continuada de población. Con este panorama no puede ser que la principal preocupación de Bruselas después de las elecciones sea si el nuevo gobierno será más pro-ruso que el anterior. Solo una semana después de la derrota de Viktor Orbán en Hungría, la Europa ciclotímica pasa, nuevamente, de la euforia a la preocupación al ritmo de cada jornada electoral, como si la realidad la determinara un candidato concreto y no el proceso de erosión continuada que ha traído tanta inestabilidad y debilidad electoral.
Radev representa una posición pro-rusa compartida por otros gobiernos de la región, desde el eslovaco Robert Fico hasta el checo Andrej Babis. Figuras iliberales que han acelerado también la regresión del estado de derecho en sus países. Pero los expertos coinciden en que ninguno de ellos tiene la intención de erigirse en el contrapoder que Orbán ha ejercido en Bruselas todos estos años. Además, una encuesta, publicada en marzo, pedía a los búlgaros que eligieran un único socio estratégico: más del 56% eligieron Europa; un 19% escogieron Rusia. Solo el 8% optaron por Estados Unidos.
Bulgaria necesita la UE. El país ha entrado en Schengen y en el euro después de muchos años de pedirlo. La sociedad búlgara movilizada, que ha desafiado las inercias de abusos, corrupción y violaciones de derechos que soportan desde hace décadas, mira hacia Bruselas y no hacia Moscú.