Se busca salvador de la izquierda
Asistimos a un resurgimiento de la masculinidad como promesa salvadora de la izquierda. En ciertos sectores del contexto político y mediático actual, gana fuerza un marco identitario masculino que parece ser capaz de recuperar el timón y conectar con las clases trabajadoras, especialmente con votantes jóvenes cuyos principales referentes ideológicos son personajes del magma ultra. Se trata del hombre común, espontáneo, arrojado, que va de cara y no rinde pleitesía a las normas del sistema de partidos. Un hombre que en su sencillez o falta de pretensión se hace amable sin perder la firmeza y la autoridad que por defecto se asocian a su género.
Gabriel Rufián, portavoz de ERC, es un ejemplo claro de esta propuesta. El político catalán, que recientemente confirmó su ofrecimiento a liderar una candidatura unitaria de izquierdas, ha construido un discurso personal en torno de la provocación, los golpes de efecto, la denuncia firme y una mezcla de sentido común y chulería que ha demostrado ser efectiva a la hora de hacer llegar sus mensajes a través del ecosistema de las redes sociales. Rufián se presenta como un tipo normal que entiende los problemas de quien le escucha y, al mismo tiempo, como un crack, un puto amo, un actor político valiente cuya retórica encaja en el imaginario de los jóvenes.
El perfilamiento del hombre común se vuelve más visible cuando se compara con otra figura que surge en contraposición: el de la mujer asimilada a la institución, alejada de la calle y con demasiada formación académica, es decir, sospechosa de elitismo. Vimos estos dos perfiles chocar en la pugna interna en Más Madrid entre Mónica García y Emilio Delgado hace unas semanas. Los medios resaltaron las diferencias biográficas entre ambos: García es hija de psiquiatras, Delgado de padre albañil y sindicalista y madre ama de casa. Ella estudió Medicina y Cirugía, él tiene dos grados superiores de FP. Él representa a la periferia, ella al gobierno.
Cuando ya es incuestionable el valor de las mujeres en todos los ámbitos profesionales, su capacidad de liderazgo o su mejor rendimiento académico, ahora esa misma formación por la que tanto se batalló parece un demérito. El que fue durante siglos un pretexto para alejar a las mujeres de la vida pública se ha dado la vuelta para seguir persiguiendo la misma lógica.
Asoma una verdad incómoda: ¿Cuántas mujeres pueden permitirse ser comunes en posiciones de liderazgo? La mujer común no cotiza, es un no-personaje. Tiene que vender algo más, ser una activista mesiánica, como Ada Colau, una abogada de linaje comunista, como Yolanda Díaz, o una oradora brillante que rechazó una estancia en Harvard para dedicarse de lleno a Podemos, como Irene Montero.
Perdura en nuestro imaginario un automatismo, a menudo inconsciente, de creer que una mujer vale cuando doblega su esencia y se libera del peso de la feminidad a través del trabajo y del conocimiento. El hombre, en cambio, vale incluso en bruto, por sí mismo.
Detrás del señuelo del género se tejen dos tesis distintas para la izquierda. Mónica García no es solo una mujer en política, sino una ministra que, a pesar del desgaste de una huelga de médicos rotunda, ha impulsado una batería de medidas importantes para defender la sanidad pública. Gabriel Rufián o Emilio Delgado no son solo hombres en política, sino políticos que han conseguido que sumensaje llegue a un sector de la población que se siente desamparado por las instituciones y que puede virar hacia la ultraderecha si no encuentra una representación que le hable directamente.
Los caminos de la izquierda pueden avanzar en una dirección o en otra, o transitar por ambas, aunando fuerzas, pero todo camino será en falso si se construye sobre un oportunismo de regusto machista. Es importante no ceder ante los discursos que ponen en duda el liderazgo femenino; tampoco ante los que crean un clima de sospecha, casi de impugnación, hacia los hombres en espacios de izquierda.
Sobre la política planea el fantasma de una promesa de retorno al sentido común, al orden natural de las cosas. Amenaza con desviarnos de la conversación real de la izquierda, que no va de pensar quiénes somos nosotros, sino qué podemos proponer a la ciudadanía para que sus derechos sociales se fortalezcan. A los fantasmas se les ahuyenta con encantamientos. Es decir, palabras que transformen la realidad, que se conviertan en algo concreto. Palabras como vivienda o como arraigo, como estabilidad económica, sentido de futuro, o dignidad colectiva.