Los cabrones de la moto de agua

1. El fuego. No es necesario que un incendio sea de sexta generación para arrasarlo todo, bosques, casas y vidas. El ejemplo de Almería, con tanta muerte, es devastador. Hasta ahora, el puñado de incendios que ha habido en Cataluña en las dos primeras olas de calor insoportable se han saldado, tal como dice y repite el presidente Illa, sin víctimas humanas. La prioridad está clara. Y es en días como estos, de peligro y de miedos, que un puñado de gente anónima se comporta de una manera que te reconcilia con la condición humana. No son solo los bomberos, los agentes rurales y los alcaldes de poblaciones que no acostumbran a salir en las noticias los que están a la altura de los acontecimientos. La solidaridad entre vecinos que se ayudan, la generosidad de ciudadanos que acogen personas en casa o que llevan garrafas de agua no se valora lo suficiente, en un mundo cada vez más pendiente del ombligo de cada uno. En este contexto, quiero explicar una anécdota que cuesta de creer.

2. Desde el viernes 3 de julio, cuando la radial del operario que trabajaba en la carretera GI-660 en La Bisbal provocó el incendio en el macizo de las Gavarres, la vida de muchas personas cambió de golpe. La Generalitat no tardó en confinar la población de siete municipios. Hasta cuarenta mil personas recibieron la orden, que solo podía ser una recomendación, para no moverse de donde estaban. Los vecinos de las urbanizaciones más altas de Calonge y de Santa Cristina d'Aro sufrían por si las llamas les llegarían a sus paredes. Otros corrieron a coger la documentación, las llaves, tres álbumes de fotos, los animales –perros, gatos y caballos– y huyeron de lo que podía ser la zona cero. Si había tramontana, el fuego se extendía por el flanco izquierdo. Si soplaba la brisa marina, los bomberos sufrían porque no les creciera el perímetro de la derecha. Se tuvo que pedir la ayuda de la UME porque estaban en peligro 30.000 hectáreas del pulmón natural del Baix Empordà y de Girona. Las imágenes del humo, a veces de un rojo infernal, a ratos con la negrura propia del fin del mundo, quedaban muy bien en Instagram pero encogían el corazón. La primera noche, de viernes a sábado, era crítica. Los bomberos esperaban el primer sol para volver a alzar los helicópteros y los hidroaviones para atacar las llamas. Y entonces, pasó lo que nunca me habría imaginado.

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3. Durante toda la mañana, desde uno de los balcones privilegiados sobre el mar de las playas de Sant Antoni, con vistas desde Palamós hasta Torre Valentina, ver trabajar los hidroaviones era un espectáculo. Eran dos naves que, cada cuatro o cinco minutos, se posaban de panza en el mar, llenaban el depósito de agua salada y volvían a despegar para ir a rociar el flanco que conviniera en cada momento. Era un espectáculo hipnótico, heroico y que generaba algún tipo de adicción. Pues bien, ajenos al fuego, al confinamiento, al sufrimiento de todos, dos hombres se lo pasaban pipa con su moto de agua. Navegaban en el mismo mar, como si nada. En el peor momento. El primer sábado de julio, a las once en punto de la mañana, ellos habían decidido que harían esta actividad náutica, y nada los detuvo. Pero, entonces pasó lo más inesperado de todo. Los dos pilotos de las motos de agua decidieron que, cada vez que un hidroavión bajara hasta el mar, en la trayectoria de sur a norte, ellos dos correrían en paralelo. Como si fuera una carrera. Como si quisieran desafiar al hidroavión en una apuesta a ver quién iba más rápido, a ver quién podía más. Una vez el avión despegaba, ellos daban media vuelta y esperaban el siguiente hidroavión para volver a desafiarles, circulando a su lado en la maniobra de bajar, cargar y despegar de nuevo. No sabéis lo bien que se lo pasaron estos dos especímenes. Un sábado que recordarán toda la vida. Ojalá a estos dos caraduras nunca se les queme la casa.