El catalán de la Boquería

1. Todavía no estamos en Sant Jordi y el Liceu ya ha cerrado la temporada de danza. Los cuatro espectáculos de este año han recibido aplausos y buenas críticas pero, como esto va a gustos, han quedado lejos de las expectativas del momento de abonarnos a ellos. Son buenos espectáculos –faltaría más– pero ni de lejos nos han sacudido el alma. Ni siquiera nos han emocionado. Reconozco que a la última función, la de Nijinski, llegué de mal humor. Dado que la función –de dos horas y media–, empezaba a las siete y media, decidimos picar algo cerca del Liceu antes de la obra. La idea era, de entrada, la de un buen bocadillo rápido, de pie. Buscábamos un sitio limpio, decente, que no fuera un timo para turistas. Al fin y al cabo, con una Rambla en obras que hacía difícil pasar, nos pareció que las barquetas ya preparadas que veíamos desde la calle –en la rotulación del establecimiento las llamaban “montaditos” y “tapas”– serían una opción digna para comer con dos picotazos. Cuando entramos, ya les extrañó que fuéramos autóctonos. Antes de sentarnos, viendo que no nos iban a timar, nos advirtieron que allí solo podríamos pagar con billetes. Vaya. Salimos con la mosca detrás de la oreja y buscamos otra opción.

2. A mí me daba pereza ir al bar de la sala de los espejos del Liceu, por la cola que se forma, y porque la relación calidad/precio/placer/tamaño del bocadillo acostumbra a ser una apuesta perdedora. Recordamos que, para ir del parking de la Gardunya hasta la Rambla, habíamos cruzado la Boqueria y habíamos visto un puesto de jamones –colgados y envasados– que tenía buena pinta. Deshicimos el camino entre puestos de fruta –cortadita, peladita, con tenedor–, y pedimos dos flautas de espalda de bellota. El dependiente, al oír que le pedíamos en catalán, hizo evidente la sorpresa y nos repasó de arriba abajo. “¿A las siete de la tarde, somos los primeros catalanes del día?”, le pregunté. Su respuesta, que me pareció exagerada, fue esta: “Diría que los primeros de la semana... Incluso diría que en lo que va de mes”. Intenté sacarle un poco más de información, sobre el origen de los compradores de su puesto. “Aquí nos hablan en italiano, en ruso o en chino... De todo. Pero hacía mucho tiempo que no escuchaba yo el catalán”. Mientras nos cobraba –solo cuatro euros por cada flauta– una familia de Turín le encargaba tres bocadillos más, de prosciutto sin tomate.

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3. La nuestra es una anécdota de pan con aceite, nunca mejor dicho. Sociolingüísticamente no tiene ningún valor estadístico. No digo nada que no supiéramos de una zona que es un imán para el turismo de todo tipo de sandalias y de bolsillo. Escalofría, eso sí, la constatación de cómo la Boquería se ha convertido en un parque temático para crédulos y ha ido perdiendo su papel primigenio, de abastecer de comida a la gente de un barrio que ya cuesta de reconocer. Sienta mal que esta tendencia sea irreversible. Con la lengua, en cambio, no está todo perdido. Al día siguiente de esta experiencia, a primera hora, en El Basté nos despertó con los resultados del EGM. Solo entre RAC 1 y Catalunya Ràdio, cada día hay 1.800.000 catalanes que devoran radio en catalán. A Rosalía, por haber hablado en catalán en los cuatro conciertos de Barcelona, por haber confesado Bad Gyal en la lengua de ambas, por haber subtitulado todas sus canciones con nuestro idioma, le llaman el nombre del cerdo en las redes. Buena señal. Y ahora llega Sant Jordi. En la lista de más vendidos en catalán difícilmente se colará un Dicker o un Uclés traducidos a nuestra lengua. En lo más alto del ranking de ficción habrá una Regina, un Carles, una Eva, un Gil, una Empar, una Agnès que las disfrutamos tal como las leemos. Será un éxito que dará la razón a las tesis de Òscar Andreu, subido al podio de la no-ficción, con el necesario manifiesto en defensa del catalán.