El catalán se nos cuela entre los dedos
Este mi amigo, escritor veterano que ha ganado un puñado de premios, hace una parada y concluye: "El Proceso independentista responde a la angustia de un pueblo que sabe que su identidad, empezando por la lengua, se va al garete. Fue el último afán, el último coletazo". Primero encontré extraña, chocante, su afirmación, y la guardé en un cajón de la memoria. La conversación de la que hablo se produjo después del 1 de Octubre y cuando los protagonistas del intento independentista estaban en prisión o habían huido. Sin embargo, tiempo después he pensado bastante en las palabras de mi amigo –que hoy da la batalla de la lengua por totalmente perdida– y me he preguntado sobre el grado de verdad que contienen. Observe que dar por cierto lo que él dice pide aceptar que lo que llamamos la gente, el pueblo o la sociedad posee alguna clase de inconsciente colectivo, algo que es compartido y que mueve a la acción.
Cuando conocí la última Encuesta de la Juventud del Ayuntamiento de Barcelona, me vino a la cabeza esa conversación de años atrás. Según el estudio, casi uno de cada tres barceloneses de entre 15 y 34 años nunca habla en catalán. Nunca. Y tan sólo un 17,8% lo utiliza de forma habitual. Si en los tiempos del president Pujol parecía mantenerse, con penas y trabajos, eso sí, un cierto equilibrio, un cierto empate, entre el catalán y el castellano, hoy podemos afirmar –disponemos de una muchedumbre de estudios– que el uso del catalán se encuentra en caída libre. Uno de los elementos, muy importante, si bien no el único, tras el descalabro es la fuerte inmigración recibida por una Cataluña que ha pasado de los 6 millones de aquella etapa de gobiernos de Jordi Pujol a una población ya por encima de los 8 (en concreto, en torno a los 8,2). El Instituto Nacional de Estadística español así lo dice, y nos da un dato relevante por entender que los jóvenes hablen tan poco en catalán: el 47% de los residentes en Catalunya de entre 26 y 49 años nacieron en el extranjero, o sea, fuera de las fronteras españolas. En el conjunto de la población esta proporción es del 25,8%.
La encuesta del Ayuntamiento de Barcelona de la que hablaba arriba se hizo pública hace sólo unos días. La presentó el comisionado de Políticas de Infancia, Adolescencia, Juventud y LGTBI. La comisariada encargada de la lengua del propio Ayuntamiento, Marta Salicrú, no se ha despistado boca, al menos que yo sepa. El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, tampoco. El consejero de Política Lingüística, Francesc Xavier Vila, ha mirado hacia otro lado. Al presidente Salvador Illa, a su vez, no le ha parecido lo suficientemente relevante ni preocupante que el catalán esté al borde de convertirse en residual en Barcelona. Es estupendo, pero todos han callado. Habría para alquilar sillas, si no fuera que responde a la triste costumbre, a la tónica, de quienes hoy gobiernan el país.
Como, según mi amigo escritor, pasó a un nivel inconsciente durante el Proceso, hoy mucha gente sabe perfectamente que –a pesar del buen momento actual en cuanto a la producción literaria– el catalán se nos cuela entre los dedos. No hace falta buscar muchos datos, se ha convertido en una obviedad para cualquiera que pasee por calles y plazas. En las grandes ciudades, no hace falta decirlo, pero también, de forma llamativa, en el resto de Cataluña. Muchas personas preocupadas, sabedoras de que a los gobernantes todo esto les resbala, mantienen una actitud reivindicativa y persisten en la defensa del catalán, sea individual o colectivamente. Es cierto y es bueno, muy bueno, que así siga siendo. Sin embargo, también hay muchos catalanes que se han rendido a la evidencia, y han acabado aceptando, rumiando, que el catalán se ha convertido en un empeño tan heroico como inútil. Podríamos decir que han terminado bajando los brazos. Lo siento, no me gusta, no lo justifico, pero lo puedo entender.
Se ha dicho, y vuelvo ahora al Proceso independentista, que en aquellos años todo el mundo estaba tan pendiente de la independencia que la lengua quedó en un segundo plano, arrinconada. Que no se prestó suficiente atención es evidente, más aún porque se estaba multiplicando la población y, por tanto, era necesario desplegar un esfuerzo enorme, por tierra, mar y aire, para que los que llegaban (y llegan) percibieran la lengua como necesaria. De la misma forma, resulta claro que el agotamiento y la frustración que provocó el desenlace del Proceso han dejado un poso de desencanto muy pesado. Por si fuera poco, si en los años del Proceso las autoridades del país y la sociedad –buena parte– iban juntos, alimentando una dinámica cada vez con más impulso, hoy, como decíamos y como hemos visto, a nuestras autoridades la lengua, a pesar de ser nuclear para nuestra identidad, les parece un problema como otro, un asunto engorroso.