La Cataluña que se quiere autodestruir

En una entrevista reciente a El País el filósofo alemán Peter Sloterdijk hablaba de las últimas elecciones en Sajonia-Anhalt y constataba que la irrupción de Alternativa para Alemania provoca la normalización de las ideas de extrema derecha. Uno de los puntos más interesantes de la entrevista es que Sloterdijk señala un factor que podría estar incidiendo en las democracias occidentales más de lo que podríamos pensar: el de las encuestas, que en los últimos tiempos han aumentado de manera exponencial y ocupan un espacio considerable en las secciones de política de los medios. Cada semana nos dan encuestas, dice el filósofo de su país, cosa que también ocurre aquí. Afirma que son como un campo de entrenamiento para ir perdiendo la vergüenza de votar a esta clase de partidos y que crean un efecto perverso, como si el fantasma del resultado virtual, dice, acabara haciéndose realidad. En este sentido, los sondeos serían una especie de profecía autocumplida.

Tenemos una presencia mediática sobredimensionada de partidos muy nuevos mucho antes de que obtengan representación oficial y esto es una anomalía porque de siempre la atención se había centrado en quienes ya habían entrado en las instituciones y no en las proyecciones a futuro de un instrumento que puede tener cierta utilidad para ver hacia dónde va la intención del voto pero que no es el voto propiamente dicho. Y aún más cuando estos sondeos parten de las mismas instituciones. Es de sobra conocido el desprestigio del CIS, por ejemplo, desde que Tezanos ha cambiado su funcionamiento. Parece que las encuestas sirven para ir dirigiendo el debate público más que para ser una imagen real de lo que piensan o quieren hacer los ciudadanos reales. Una de las estrategias adoptadas por la izquierda, la de dar alas a las formaciones radicales de derechas para presentarse ella misma como la única alternativa a los ultras, es un juego que nos acabará perjudicando a todos. Esta estrategia que creó Mitterrand aumenta la polarización de la que los mismos políticos se quejan. (Si queréis reír un rato, la serie francesa Presidente por accidente trata todos estos temas.)

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Todas estas reflexiones se podrían aplicar a lo que sucede ahora mismo en Cataluña. Estamos alimentando desde todos los ámbitos el fantasma de Alianza Catalana, dándole una presencia mediática muy por encima del número de votantes que confiaron en ella. Y solo nos desgañitamos señalando las líneas rojas que cruza, el escándalo que provoca –que es goloso para obtener clics pero un desastre desde el punto de vista del debate serio. ¿Por qué no se le pregunta a la líder de la formación exactamente cómo hará todo lo que promete que hará? Temo mucho que no tiene ninguna solución práctica para los problemas que ella cree que son debidos a los inmigrantes. Si no tiene competencias ni fronteras no podrá expulsarnos a quienes considera que sobran por mucho que lo quiera. De todas maneras yo no perdería ni un minuto con alguien que declama con su horrible catalán del XIX (pobre Pompeu Fabra) letanías que parecen más homilías que propuestas políticas. A quien haría muchas preguntas es a las personas que quieren votarla: ¿creen realmente que la de Ripoll hará lo que les promete que hará? Hay que ser muy ingenuo, todavía más si lo que empuja a este electorado es la frustración de la derrota del Procés. ¿No tuvieron suficiente con el engaño de los líderes de entonces que ahora quieren apostar por una mujer que no parece tener ni la más remota idea de cómo funciona su país y se inventa unas exigencias de catalanidad que no cumpliría ni el Conde Arnau? De nuevo es el mencionado filósofo alemán el que describe como nadie lo que pasará si en Cataluña gana Alianza Catalana: “Una vez que entra en juego la cuestión de la identidad, el camino de la autodestrucción es mucho más corto”.