Cerca del teu melic

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Una mujer ondeando una estelada entre el público de uno de los conciertos de Oques Grasses en el Estadio Olímpico Lluís Companys.
10/10/2026 - 16:54 h
Periodista

No estoy muy al tanto de la escena musical, ni he sido un gran seguidor de Oques Grasses, y siempre había pensado, quizás desde el pecado original del barcelonacentrismo, que estos chicos osonenses se movían en las cifras, más o menos modestas, del resto de grupos punteros en catalán. Pero leo que acumulan millones de reproducciones de sus éxitos más populares, y en el momento de la despedida han llenado cuatro días el Estadio de Montjuïc, con 225.000 entradas vendidas, igualando una gesta que hasta ahora solo había conseguido Coldplay. He visto los vídeos de los conciertos y causan una gran impresión. Tanta gente joven cantando sus himnos de memoria; música de calidad, con influencias diversas; celebridades e invitados especiales, y sobre todo una sensación de éxito rotundo, de mainstream, que todavía no es habitual en las expresiones artísticas en nuestra lengua.

Se olvida todo / cerca de tu ombligo... canta Josep Montero mientras el Estadio entra en combustión. Oques Grasses es un caso de éxito en estado puro, es decir, es el resultado de la conexión emocional entre los artistas y el público a través de un puñado de buenas canciones y de un idioma compartido que ya es válido para confeccionar himnos. Los conciertos de Montjuïc no son consecuencia de una fiebre nacional como la de los años del proceso soberanista, al contrario, coinciden en el tiempo con una coyuntura de un cierto amortiguamiento político, y esto no le resta sustancia al evento, y, en cambio, le añade un valor —con perdón— empresarial: es una demostración de que nuestros músicos y promotores se pueden ganar bien la vida sin renunciar a su lengua, como han hecho tantos ilustres antecesores suyos. El catalán puede ser una lengua fuerte, a pesar de los factores en contra, si es capaz de producir una industria cultural competitiva, que luzca, que sea rentable, y que haga sentir a quienes no saben catalán que se están perdiendo algo que vale la pena.

Cuando yo tenía la edad de los asistentes a los conciertos de Oques Grasses, lo que sonaba en las salas de ocio de Barcelona era el nuevo pop español: Radio Futura, Golpes Bajos, Alaska, Mecano, Celtas Cortos, El Último de la Fila... En catalán, en los bares o en la radio, no sonaba nunca nada, salvo los tótems de la Nova Cançó, que los jóvenes de los ochenta despreciábamos como reliquias hippies. Y os hablo de un tiempo en el que la población catalanohablante superaba de largo el 50% del país... Pero se daba por entendido que el pop debía ser en castellano o en inglés. De repente, en 1989 empezó a sonar L’Empordà, de Sopa de Cabra, y gustaba tanto y tanto que incluso las españolísimas discotecas de Barcelona y las radiofórmulas tenían que pincharla. Recuerdo la primera vez que la oí sonar en público, en una sala llena de gente bailando enloquecida (creo que era en el Liguero de Marta, de Mataró). El impacto que me produjo aquella escena fue tan grande que, en lugar de bailar, me quedé quieto mirando a mi alrededor, como si estuviera en medio de una alucinación. Pensé —y no me equivocaba— que algo estaba cambiando en la consideración pública del catalán.

Nos dijeron durante demasiado tiempo que el catalán no era una lengua nacional, sino una lengua de andar por casa, para cantar villancicos; pero con el paso de los años hemos consolidado un espacio cultural diverso y talentoso, que primero destacó en las industrias culturales ligeras (radio, teatro, mundo editorial) y finalmente se está haciendo un hueco también en los sectores culturales que requieren más músculo industrial y financiero (música, televisión y cine). Hay mucho trabajo por hacer, sobre todo en el ámbito digital, pero hemos conseguido que, en un momento de fuerte competencia lingüística, el catalán pueda salir a disputar el partido. Enhorabuena a Oques Grasses por hacerlo evidente de una manera tan rutilante.

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