Ceuta: la escenificación del caos
Las imágenes sobre Ceuta se repiten una vez más. Muestran miles de jóvenes llegando por mar, exhaustos, pero también familias y, hasta incluso, bebés. Vemos cómo la Guardia Civil es incapaz de hacer nada, paralizada ante lo que la mayoría de medios de comunicación no dudan en tildar de "avalancha". Más allá de la playa, sabemos de centros de acogida desbordados y de cientos de personas durmiendo al raso. Llegan también imágenes de tiendas cerradas, de una ciudad completamente paralizada.En este contexto, Ceuta pide la declaración de emergencia nacional mientras el gobierno español sigue elogiando la "ejemplar colaboración" marroquí y el gobierno marroquí calla. Todo ello un déjà-vu. Parece mentira cómo la escenificación del caos puede seguir una pauta tan precisa.Pero donde hay que poner la mirada es en las causas y las consecuencias de esta teatralización. Entre las causas, lo que lo hace posible es la disposición de miles de jóvenes a saltar al otro lado en cualquier momento. Muchos de ellos no avisan a sus familias más que cuando ya han llegado. Algunos vienen de lejos. Están dispuestos a dejarlo todo porque en el fondo sienten que no dejan nada. Una parte no trabajan ni estudian. Otra son jóvenes con estudios pero con pocas perspectivas de futuro.Sus demandas quedaron claras con las movilizaciones de la llamada “Gen Z” durante el otoño del 2025, que denunciaban el deterioro de los servicios públicos (especialmente la sanidad y la educación), el paro juvenil y la corrupción. Como recuerda el politólogo búlgaro Ivan Krastev, “cuando no puedes cambiar el gobierno, cambias de geografía”.
Pero lo que ha hecho posible el aumento súbito de las llegadas a Ceuta es que Marruecos ha dejado de controlar la frontera. No es la primera vez. Así lo hizo también en mayo de 2021, cuando más de 8.000 personas llegaron irregularmente a Ceuta en menos de 48 horas. Entonces se interpretó como una respuesta a lo que Marruecos consideraba una falta de lealtad por la hospitalización en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, pero en el fondo era también una manera de exigir complicidad con la cuestión de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.Esta vez se consideran dos hipótesis, no excluyentes la una con la otra. Por un lado, se interpreta como una protesta por la visita de Pedro Sánchez a Argel, con la que se ha querido escenificar la reconciliación entre España y Argelia. Por el otro, también se piensa que puede ser consecuencia de la decisión del Congreso de conceder la nacionalidad española a los nacidos en el Sáhara Occidental y a sus descendientes, cosa que no deja de ser una forma de reconocimiento.Pero lo más revelador de esta escenificación recurrente del caos no son las causas sino las consecuencias. Y estas consecuencias tienen que ver con los dos grandes traumas que condicionan los debates y las políticas migratorias en Europa hoy en día. El primero guarda relación con el miedo a una nueva crisis migratoria. Desde 2015 la Unión Europea vive obsesionada por las llegadas irregulares en frontera, incluso cuando los números se han consolidado a la baja desde hace años. Unos miles de entradas en pocas horas no cambian sustancialmente el escenario. Y vale la pena recordarlo: por mucho que diga Meloni, las cifras de llegadas irregulares a Italia son muy superiores. En 2025 fueron 66.328 en comparación con las 36.775 de España.
El otro trauma es el miedo a que la cuestión migratoria alimente aún más el auge de la extrema derecha. Porque lo hace. Los análisis sobre opinión pública muestran cómo la mayoría de ciudadanos europeos no ven como un problema la inmigración, pero sí la percepción de falta de control. Esto es lo que alimentan las imágenes que llegan de Ceuta, y esto es lo que explota la extrema derecha cuando habla de invasión y de frontera desbordada. La administración Trump no ha podido evitar atribuirlo a las “políticas globalistas de extrema izquierda” y el ministro italiano de Asuntos Exteriores a la regularización, que según él incentivaría a las mafias. Ignora que en estos contextos no hay mafias porque no se necesitan.Estos miedos llevan a Europa, y he aquí la principal consecuencia de este nuevo episodio de escenificación del caos, a sobrerreaccionar. Por un lado, se escandaliza y ruboriza por el uso “indecente” y “cínico” que el gobierno marroquí hace de sus propios ciudadanos, a quienes utiliza como “armas” para presionar al país vecino. Olvida, sin embargo, que quien empezó a hacer un uso transaccional de las migraciones fue ella misma. Dinero a cambio de control. En este sentido, somos nosotros quienes nos hemos puesto en sus manos. Por el otro, los miedos son tales que Europa está dispuesta a hacer lo que sea necesario para evitarlo. La crisis de 2021 llevó al gobierno español a reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Esta vez está por ver qué acaba aceptando para restablecer un control que, por definición, será siempre tan anhelado como precario.