Ceuta como síntoma
Ceuta no es solo una crisis migratoria. Es un síntoma. Se han quemado campamentos, impedido repartos de comida y amenazado a entidades que ayudan a migrantes. Un diputado de Vox ha hablado de “cazar” inmigrantes “uno por uno”. Cuando decimos cazar ya hemos llegado al cuerpo. Porque no se cazan ideas ni problemas migratorios. Se cazan cuerpos.
Ceuta nos recuerda qué es una frontera. Las fronteras son ficciones políticas con consecuencias terriblemente reales. Unos las atravesamos en avión o en barco casi sin verlas. Otros tienen que saltar una valla, nadar, esconderse o arriesgar la vida. La misma línea es una puerta para unos y un muro para los otros. La diferencia es el cuerpo que intenta atravesarla.
Hay cuerpos que circulan y cuerpos que son detenidos. Cuerpos que no despiertan sospecha y cuerpos que tienen que explicar quiénes son y qué hacen aquí. El pasaporte, el dinero, el lugar de nacimiento o el color de la piel deciden a menudo de qué lado de la frontera te quedas.
Pero la frontera se mueve. La hostilidad ya llega a quien da comida a las personas necesitadas, a las ONG, a los periodistas y a los musulmanes de Ceuta. Hoy se señala al migrante; mañana se puede señalar a cualquiera que ocupe una periferia. Cuando hablo de periferia no hablo de minorías: la centralidad no depende del número, sino del poder. Es periférico quien queda fuera del lugar desde donde se define qué es normal, legítimo o universal y quien tiene menos capacidad para participar en el relato que organiza la vida colectiva.
El declive de Europa me preocupa especialmente. A pesar de sus contradicciones, Europa es, para mí, la mejor experiencia social construida hasta ahora: democracia, derechos, libertades individuales, protección social, igualdad ante la ley. Una construcción nacida también de las cenizas de aquella Europa que Stefan Zweig vio hundirse. Zweig explicó cómo los cimientos de la libertad habían sido carcomidos mucho antes de que las paredes acabaran cayendo.
¿Estamos tan asustados que votaremos a personas y programas que anuncian que quieren liquidar partes esenciales de este modelo? ¿De verdad entregaremos libertades porque nos han convencido de que el problema son siempre los otros?
Este verano, en Menorca, en el mar, vi yates enormes, desmesurados. Me preocupa esta manera de estar en el mundo: la necesidad de sentirse excepcional, de consumir para confirmar la propia importancia, convertir el mundo y a las personas en objetos al servicio del propio yo. Esta lógica contamina mucho más que cualquier cuerpo migrante. Consume recursos, erosiona los vínculos y nos convence de que vivir consiste en situarse por encima de los demás.
Las dos imágenes: el migrante que intenta atravesar una frontera y el gran yate que la atraviesa sin verla, nos ponen ante la evidencia de que no es el movimiento lo que nos inquieta. Es quién se mueve. Unos cuerpos tienen el mundo a disposición; otros tienen que pedir permiso para existir.
Ceuta es un síntoma porque nos obliga a decidir qué queremos defender. Europa no se protegerá persiguiendo a los cuerpos que llegan a sus fronteras, sino protegiendo aquello que la hizo mejor: que ningún poder pueda decidir que una mujer, un homosexual, una persona trans, un pobre, un migrante o cualquier otro es menos digno de libertad.
La frontera más peligrosa no es la de Ceuta. Es la que podemos volver a dibujar entre los cuerpos que consideramos plenamente humanos y todos los demás.
No he oído nunca a la extrema derecha y a la derecha no tan extrema criticar que el dinero se concentre cada vez en menos manos. ¿De verdad que vamos a votar un modelo social en el que dependeremos de la caridad de estas manos?