La ciudad de los milagros se ha quedado sin ideas

Homi Bhabha habla de un concepto que siempre me ha interesado muchísimo: la autoridad cultural; aquello que hace que la producción cultural de un determinado país, ciudad o grupo social sea relevante por principio y sin discusión. Si utilizamos las ciudades como ejemplo, enseguida nos viene a la cabeza Nueva York a partir del final de la II Guerra Mundial, o el París de entreguerras, en el siglo XX, por no hurgar más en el tiempo, lugares en los que una serie de circunstancias históricas, políticas y económicas hacen que todo lo que suceda en ellos no sea solo incuestionablemente interesante, sino imprescindible para acotar, identificar y definir el Zeitgeist, el espíritu de una época hasta el punto de que el resto no pueda hacer otra cosa que adoptar un papel secundario, aceptando voluntariamente un grado de colonización cultural relativo en detrimento de la cultura propia. Esta autoridad cultural de la que habla Bhabha no existe sin un equivalente en lo político y económico. Dicho de una manera brutalmente compactada y refiriéndonos a Estados Unidos, no se pueden separar el expresionismo abstracto de Pollock, la poesía de Frank O’hara, la pelvis de Elvis, los muslos de Marilyn Monroe y los tejanos Levi’s, de la bomba atómica ni de haber ganado el mayor conflicto bélico de la historia de la Humanidad saliendo de él como el productor del 45% del PIB mundial. Esta conjunción de factores es el retrato robot geopolítico de los últimos setenta y seis años que ha permitido, entre otras cosas, que la bandera de Estados Unidos pintada en encáustica por Jasper Jones sea un hito del arte de vanguadia de la segunda mitad del siglo pasado. ¿Se pueden imaginar lo mismo con la española?

Barcelona no juega en esta liga, no porque sea la segunda ciudad de España (NY también es la “segunda” ciudad de E.E.U.U.), sino porque España tiene escaso peso específico en la política mundial y a nadie le importa demasiado lo que diga o haga. Que al arte español le suceda lo mismo no es por accidente. En este difícil contexto, sin embargo, Barcelona ha sido capaz de defenderse bien en situaciones extremadamente adversas a lo largo del siglo XX. Prueba de ello es la favorable percepción que se tiene desde fuera de España de esta ciudad que ha estado tantas veces cerca del milagro. Hasta ahora. ¿Por la pandemia? Hasta cierto punto, y solo en la medida en que ha dejado al desnudo una situación que viene fraguándose desde hace tiempo.

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Hay un momento en que, una vez libre de las inercias de la resistencia antifranquista, la clase política –tanto española como catalana– se da cuenta que no necesita la cultura para nada, es más bien una molestia y no apoyarla no le representa ninguna pérdida de votos. Consecuentemente, su cotización política cae en picado. Si añadimos a esto el hecho bastante evidente que la mayoría de esta clase política no tiene un interés personal por la cultura en general y no entiende del todo en que consiste la excelencia, no podemos extrañarnos de que Barcelona, que es de lo que me interesa hablar, no tenga, por ejemplo, una orquesta sinfónica de clase mundial; o permita que el MNAC, la nave capitana de los museos de arte de Catalunya pendiente de expansión, funcione con un zapato y una alpargata; o que el MACBA se haya quedado sin espacio de almacén, lo que no le permite crecer ni cumplir con su principal misión que es la de coleccionar en el tiempo. Permítanme mencionar un caso sangrante. El MNAC fue un prestatario importante de la exposición de Joaquín Torres García que organizó el MOMA hace unos años. Esta fantástica exposición viajó después a Madrid y a Málaga (!), pero no vino a Barcelona –teniendo en cuenta la relación de este artista con la ciudad, la cosa tiene mérito– porque el MNAC no disponía del dinero suficiente para hacerlo posible… Hay un bien que conocemos por amor propio que, evidentemente, no se sabe dónde ha ido a parar. Se me puede decir que me preocupo demasiado de las instituciones en lugar de la precariedad en la que nos movemos los que hacemos el arte, la literatura, la música, el teatro o el cinema que justifica su existencia, pero es que la salud y potencia de las instituciones es siempre sintomática de todo lo demás. Sin instituciones de primera línea el resto se difumina, recordemos lo que era Barcelona durante el franquismo. Que la clase política no entienda eso da la medida de su longitud de miras, aunque de boquilla vaya repitiendo como un loro que la cultura es el futuro. No se lo creen y cuando se ven en un brete nos traen una Manifesta de importación o anuncian la transformación de los espacios del Museo Marítimo en salas para exposiciones de “nivel internacional” compradas fuera. ¿Qué pasa. Aquí no hay talento? Barcelona podría ser una ciudad de referencia. Lo tiene todo, menos ambición.