Hasta los cojones de todos nosotros
En un país que va malament, amb un govern de la Generalitat que està en minoria i amb massa fronts oberts, es podria pensar que el sobiranisme català té una finestra d’oportunitat per recuperar el protagonisme i elevar el nivell d’ambició nacional. En canvi, els partits que van protagonitzar el Procés –Junts i ERC– competeixen en el seu propi ring, en una bombolla que només interessa als seus dirigents, i deixant de banda l’interès nacional, que és el que veritablement els podria propulsar electoralment. Una cosa és que no hi hagi unitat estratègica; i una altra és que les batalletes setmanals entre Rufián i Nogueras ocupin l’espai i el temps que els seus respectius partits haurien de dedicar a treure profit de la feblesa del PSC i el PSOE.Esta semana, Junts ha conquistado el protagonismo mediático con una doble negativa. La primera –el voto en contra al decreto de los alquileres– es difícil de entender en un contexto de emergencia habitacional, sobre todo teniendo en cuenta que el PSOE y Sumar estaban dispuestos a transaccionar medidas fiscales en favor de pequeños propietarios y autónomos. Que los de Puigdemont se hayan mostrado tan inflexibles se explica por razones temperamentales (vengarse de Yolanda Díaz por sus aspavientos) y tácticas (hacerse valer ante la derecha económica catalana). Es legítimo que Junts quiera recuperar el espacio de centroderecha, pero hacerlo a costa del sufrimiento de los inquilinos resulta, como mínimo, poco sensible. Las futuras elecciones les dirán si la apuesta ha sido acertada o no.Es más incomprensible que Junts se oponga al consorcio de inversiones Estado-Generalitat, una medida pactada por ERC con el PSOE para evitar que se pierdan las inversiones no ejecutadas (de forma sistemática y escandalosa) por los sucesivos gobiernos españoles. Esto solo se explica por un maximalismo absurdo y por la voluntad de no regalar ningún éxito a los adversarios, aunque esto reste recursos y poder de decisión a la Generalitat. Por otra parte, la terminología empleada por Nogueras (“No necesitamos otro chiringuito”) parece más propia de otras opciones políticas.Ahora bien: en lugar de aprovechar esta resbalada para presentarse como el partido del soberanismo útil, ERC ha preferido, una vez más, dejar su relato en manos de Gabriel Rufián, que lo ha convertido en una comedieta de muy bajo tono en la tribuna del Congrés, centrado solo en el asunto de los alquileres (como si la cuestión del consorcio de inversiones fuera demasiado “local” para su público) y practicando un escarnio innecesario de los diputados de Junts, que les ha permitido presentarse como víctimas. Y el entorno juntaire ha subido la apuesta comparando a Rufián con Albert Rivera, y su discurso, con la lógica del"A por ellos". Cada capítol d'aquest sainet és pitjor que l'anterior. I mentrestant, la direcció d'ERC es manté en silenci. Rufián fa guanyar i perdre vots, no sabem ben bé en quina mesura, però la seva hostilitat unidireccional torpedina un dels actius del partit: la capacitat de maniobrar entre el PSC i Junts, segons l’àmbit de decisió i segons la conjuntura.Siempre he pensado que Junts y ERC son dos partidos demasiado consolidados para que el soberanismo prescinda de ellos. Pero llega un momento en que es lícito preguntarse si estas peleas de parvulario, que se arrastran desde hace una década, no son un gran obstáculo –por no decir el principal obstáculo– para un soberanismo que a nivel social y popular muestra mucha más madurez que sus representantes políticos. Podríamos decir, como Estanislao Figueras en 1873, que estamos hasta los cojones de todos nosotros. Si esta guerra civil continúa (y continuará mientras ninguno de los dos partidos sea capaz de comerse al otro), quizás algún día habrá que hacer una reflexión. Porque los partidos solo son herramientas, y en cualquier oficio las herramientas inútiles o se reparan o van a la basura.