La comodidad moral
Después de conocerse algunas circunstancias de la muerte violenta del jardinero de 45 años Carles Vilajosana en Manresa, la consejera de Interior, Núria Parlon, confirmó que los dos menores detenidos por el homicidio nacieron en Cataluña y criticó los discursos que intentaban vincular el caso con la inmigración irregular. Según la consejera, uno de los jóvenes tiene padres catalanes, mientras que los del otro son de origen inmigrante. Ninguno de los dos vive en un centro de menores.Si el objetivo era neutralizar ciertas tonterías que en aquel momento se estaban expandiendo en las redes, creo que la consejera obró correctamente. En cambio, si la intención era cerrar el tema de los crímenes cometidos por un perfil muy concreto de menores, me parece que consiguió el efecto contrario. De hecho, hizo aflorar contradicciones graves, algunas de las cuales, como probaré de explicar a continuación, a veces pasan desapercibidas. Que este tipo de cuestiones sean incómodas no significa que no se deba hablar de ellas: la comodidad moral suele hacer pared con la hipocresía.Cuando en los Estados Unidos se produce un tiroteo grave en una escuela o instituto, los medios europeos activan un relato que ya es casi automático: la tragedia se explica como consecuencia de una "cultura de las armas de fuego", etc. Esta expresión, repetida hasta convertirse en categoría interpretativa, funciona como un marco explicativo global que asocia un hecho puntual a un ecosistema cultural caracterizado por la permisividad legal y la normalización social (existe un imaginario colectivo donde la autodefensa armada es vista como un derecho casi natural). El tiroteo no es solo, así pues, la acción de un individuo, sino el síntoma de toda una cultura nacional que, según esta lectura, lo hace previsible.Este discurso tiene parte de razón, obviamente. Los medios europeos contemplan a menudo a los EE. UU. como un espacio culturalmente lejano, y la noción de gun culture ofrece una explicación rápida y, sobre todo, tranquilizadora. Permite ubicar la violencia en un "allá" que es diferente del "aquí", y refuerza la idea de que Europa —y Cataluña en concreto— vive en sociedades más reguladas y sanas, poco expuestas a la violencia estructural; es la manera de dibujar una cómoda distancia moral.
Todo esto está muy bien, pero entonces esta relación más o menos causal se vuelve problemática cuando se compara con el tratamiento mediático de otros episodios de violencia grave.En efecto, cuando la agresión proviene de comunidades minoritarias que conviven con la nuestra —ya sea un ataque con arma blanca, un atropello intencionado, una violación o un tiroteo—, el relato cambia radicalmente. Por ejemplo, los informativos tienden a omitir el lugar de origen, por prudencia o para evitar estigmatizaciones. En estos casos, y a diferencia de lo que se explica cuando las cosas ocurren en los Estados Unidos, la cultura de origen no se presenta nunca como factor explicativo, ni explícito ni implícito. Aquí no se habla de “cultura de la violencia”, ni de “cultura del machismo”, etc. El hecho violento se trata siempre como una acción individual sorprendentemente desvinculada del grupo, y el relato evita cualquier determinismo cultural.La actitud es comprensible, pero todo ello genera la asimetría discursiva que estamos comentando: el marco cultural de los Estados Unidos explica el crimen; en otras comunidades, en cambio, este marco se difumina o se borra prudentemente. La diferencia no es casual, y pienso que responde a una tensión entre dos fuerzas: por un lado, la muy positiva y loable voluntad de no alimentar prejuicios raciales o étnicos; por el otro, la comodidad de atribuir a una cultura fuerte y hegemónica —la norteamericana— lo que no osaríamos endosar a una minoría. El resultado es un mapa moral cómodo pero poco creíble: hay culturas que pueden ser criticadas sin riesgo y otras que se consideran intocables para evitar estigmas.El problema, así pues, no es la prudencia —del todo necesaria—, sino la incoherencia. Si se acepta que la cultura puede ser un factor explicativo en el caso norteamericano, habría que admitir que puede serlo en otros contextos, siempre con rigor y sin reduccionismos. Y si se considera que vincular cultura y violencia es peligroso, habría que aplicar el mismo criterio a los EE. UU. Lo que hoy observamos es una especie de doble narración en la que la cultura de la violencia es un diagnóstico legítimo en unos casos, mientras que en otros queda fuera del análisis para evitar conflictos. En el fondo, es una forma de paternalismo, y el paternalismo lo carga el diablo, sobre todo cuando forma parte de la legislación vigente en forma de garantismo naíf. Si queremos acabar como Sajonia, solo hace falta insistir en esta vía.