Los comunes tienen un problema

Tener razón está sobrevalorado. No hace falta ser un cínico para saber que en la política no es suficiente con tener unos principios claros y actuar con coherencia. De hecho, un exceso de principios y coherencia es el camino más rápido a la insignificancia. La práctica política debe mantener un equilibrio entre la ética de los principios y la ética de la responsabilidad, debe superar este binarismo weberiano sin renunciar a ninguna de las dos lógicas. La llegada de los comunes al poder –representada por la elección de Ada Colau como alcaldesa de Barcelona– supuso la aceptación de esa síntesis. Sin renunciar a los principios básicos que les habían permitido llegar a ellos, entendieron que gobernar es complejo y que hay que satisfacer intereses plurales y, por tanto, renunciar a los maximalismos. Gobernar y ser un partido de gobierno tiene muchas ventajas, pero también debes pagar algún peaje: por ejemplo, y muy importante, la pérdida de la pureza. No es una crítica, todo lo contrario. Es un elogio a la capacidad de pactar y transaccionar. Es un elogio al talante de personas tan cercanas a Colau como han sido durante sus dos mandatos Joan Subirats y Jordi Martí. Es un elogio al pragmatismo terco y exitoso de Yolanda Díaz.

Pero parece que las virtudes que comporta ser un partido de gobierno han terminado cuando han dejado de gobernar. Que la responsabilidad por aprobar presupuestos ha terminado cuando no han tenido cromos presupuestarios para intercambiar. Y aunque haya cuestiones de fondo en las que puedan tener razón, lo que se transmite es que si Ada Colau aún fuera alcaldesa de Barcelona los comunes habrían aprobado los presupuestos de la Generalitat tragando el sapo del Hard Rock.

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Aprobar unos presupuestos como los presentados por el Gobierno era un mal menor que evitaba unas elecciones anticipadas, que permitía hacer frente a unos retos colectivos muy importantes y, atención, que permitía –por efecto dominó– aprobar los presupuestos del Estado. Ya nos dijo Hannah Arendt que elegir el mal menor es elegir el mal. Pero fue precisamente esa expresión –mal menor– la que utilizó Ada Colau (y que, de hecho, ha repetido esta semana) para justificar el voto que, junto a los del PP, hicieron alcalde Jaume Collboni. Da la sensación de que ese día los comunes hicieron su canto del cisne como espacio político comprometido con la gobernabilidad.

Estoy seguro de que detrás de cada decisión, de cada no, tienen un argumentario sólido y coherente. Pero el 12 de mayo existen elecciones y las percepciones ganan a los argumentos sólidos y coherentes que, en último término, sólo están al servicio de los convencidos. Y en ese terreno de las percepciones, los comunes tienen las que perder y no sólo por sus errores. Porque cuando dicen que los poderes económicos y mediáticos, valga la redundancia, los maltratan, tienen razón. Las campañas de muchos medios contra Ada Colau han sido insólitamente crueles y, a menudo, injustas. El acoso judicial, incontinente. Pero ese territorio poco amable es donde deben jugar la partida: lamentarse no tiene ningún recorrido. Lo único que pueden hacer es evitar errores no forzados, no convertirse en lo que sus rivales les dicen que son enviándolos al córner. Un saque de esquina que, ahora mismo, tiene un titular difícil de contradecir: con sus votos han evitado la aprobación de tres presupuestos (Barcelona, ​​Catalunya, España).

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Xavier Domènech ganó en Catalunya dos elecciones españolas. Ada Colau ha sido alcaldesa de Barcelona durante ocho años. Los comunes –con Sumar– forman parte del gobierno de Pedro Sánchez. Con estos antecedentes y esa realidad no pueden rehuir de sus responsabilidades. Por el bien común y por su propio bien. La tentación (que siempre han tenido) de ser un espacio cerrado con gotas de sectarismo es grande. Pocos y bien avenidos. Cargados de razón y de victimismo. Con estos ingredientes el riesgo de convertirse en residual aumenta. Con los inconvenientes de Iniciativa (no poder ir demasiado más allá de ser la voz de la conciencia en el mejor de los casos en forma de muleta) pero sin sus virtudes (una responsabilidad heredera del PSUC que le empujaba a actuar con una generosa responsabilidad cuando tocaba).

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Haber estado en el poder, haber sido el partido central de un gobierno como el de Barcelona, ​​no te da de forma automática la condición de partido de gobierno. Pero sólo desde esa condición –que debe ser una convicción lo suficientemente fuerte para poder transmitirla más allá del ruido general– los comunes pueden recuperar cierto espacio de centralidad. Si no, temo que los resultados ligeramente optimismos del último CEO (encuesta realizada antes de la convocatoria electoral) quedarán lejos de los resultados finales. Porque lo peor que te puede pasar cuando todo el mundo te acusa de algo (en este caso, de poca responsabilidad) es darles motivos para que puedan seguir diciéndolo.