La cultura diabólica de la vivienda

Creo que, ahora mismo, el gran obstáculo de la lucha por la vivienda es cultural, y la paradoja es que el problema es justamente la cultura que se ha formado alrededor de lo que implica ser propietario de una casa. Porque, como ya deben saber a estas alturas todos los lectores que cada semana intentan entender el problema y casarse con una solución, con los economistas y basta no nos saldremos. Recuerdo perfectamente las disputas a raíz de la crisis de 2008, y aquello no fue nada al lado del fango que estamos viendo en el debate de la vivienda, en el que los expertos de una cuerda y la otra se lanzan por la cabeza datos y teorías tan enfrentadas e incompatibles, y con tanta acritud, que el sentido mismo de la palabra experto se vacía de contenido y uno se siente en una montaña rusa agotadora y cambia las certezas y opiniones después de cada lectura.

Que la vivienda es un problema cultural se ve en la desconfianza hacia los sindicatos de vivienda y el deseo que flota entre un sector probablemente mayoritario de la sociedad por redoblar la apuesta por la ley de la selva; la idea de que si los jóvenes, los pobres y los inmigrantes no pueden pagarse la casa quizás es mejor votar para que arda todo y que se salve el más fuerte. De todas las etiquetas teóricas que van bien para explicarlo, una de las que más me gusta últimamente es el "individualismo popular", un concepto con el que ciertos historiadores describen el deseo de mayor autonomía que se extendió entre la gente normal a mediados del siglo pasado. En la vertiente luminosa, las ganas de decidir sobre la propia vida y dejar de aceptar el lugar que te asignaba la sociedad alimentaron demandas de igualdad y proyectos de participación democrática. En el lado oscuro, estos anhelos se utilizaron para destruir la credibilidad de los sindicatos y el resto de formas de asociación que pedían militancia disciplinada en el tiempo y sustituirlas por un tipo de protesta mucho más efímero y emocional.

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El mecanismo material que ha alimentado este cambio cultural ha sido la mercantilización de la vivienda. El pacto que ofreció el diablo es el siguiente: renunciar a la estabilidad garantizada por el Estado durante las décadas de posguerra y, a cambio, convertirte en el propietario de un activo que siempre subiría de precio. Aunque la clase media continuaría dependiendo del trabajo, tener un piso en propiedad compensaría el estancamiento de los sueldos. De la vieja separación entre trabajadores y capital que supieron canalizar los partidos socialdemócratas se pasó a una sociedad en la que los trabajadores propietarios de su casa estaban divididos y enfrentados con los que no tenían la misma suerte. Ofreciendo a mucha gente una participación material en el nuevo modelo económico, el sistema emergente creó una coalición de votantes que identificaba a los de en medio con los de arriba.

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No hace falta decir que esto no podía durar para siempre: si los pisos tienen que subir infinitamente de precio y los salarios se tienen que mantener congelados, cada vez es más difícil comprar uno con un sueldo. Así hemos llegado a lo que el economista Michael Byrne llama la "sociedad de propiedad residencial tardía", que describe la transición desde la propiedad de vivienda generalizada del siglo pasado hacia un modelo mucho más precario del cual cada vez más grupos quedan excluidos. Como dice el diseñador y arquitecto Adrià Garcia, "la estructura actual de la propiedad sirve más o menos bien a unos dos tercios de la sociedad, y a la vez hace malvivir casi a un tercio. Y a largo plazo cada vez servirá a menos gente, porque la revalorización de la vivienda aumenta el patrimonio de los propietarios, pero a la vez encarece el acceso del resto a una casa propia, porque los expone al mercado".

Llegados hasta aquí, se entiende perfectamente que los sentimientos que reflejan las encuestas sean contradictorios. Por un lado, la gran mayoría está genuinamente angustiada por la insostenibilidad del sistema y entiende que algo tiene que cambiar. Por el otro, el individualismo popular que decíamos nos hace sentir un escepticismo infinito ante cualquier intento de organización tan clasista y rígida como la de los sindicatos, y aún más ante una clase política que se ha demostrado absolutamente incapaz de utilizar los mecanismos del Estado para mejorar las cosas. Pero lo que cobramos y lo que pagamos por vivir no depende solo de los recursos disponibles y la lógica del mercado, sino también de quién tiene la fuerza para imponer las condiciones y quién está lo suficientemente organizado para disputarlas. Yo diría que la apatía que nos producen las elecciones que acaba de convocar Pedro Sánchez sale de dos certezas. La primera, que todavía nos encontramos muy lejos de una nueva cultura de confianza en la acción colectiva al margen de los partidos como la que funcionó en el siglo pasado. La segunda, que un intento torpe de reconstruirla puede llevar a nuevas decepciones que acaben de hundir el sistema.