Mujeres de altura
El miércoles, TV3 emitió el tercer capítulo de País d’altura, el programa que recorre Cataluña a vista de pájaro con el suplicio de los chistes de tres al cuarto del guion que lee David Verdaguer. Durante el trayecto aéreo, de vez en cuando se pone pie en tierra para entrevistar a personas vinculadas, tanto geográfica como emocionalmente, a la zona que se descubre. El episodio estaba dedicado a las Tierras de Lérida y tres de las entrevistadas de la última emisión eran muy interesantes porque son perfiles que, desgraciadamente, no abundan en la televisión.
La primera era Àngels Sabaté, hija de Alguaire y controladora del tráfico aéreo del aeropuerto de su pueblo. Descubríamos de qué manera establece la relación con el entorno y recordaba su felicidad cuando consiguió una plaza en la torre de control de Alguaire cuando todo el mundo aspiraba a ir a Madrid o Barcelona. Poco después, el programa se detenía en Agramunt para conocer a Zoe Valero, que después de estudiar la carrera de derecho y hacer un máster para ejercer la abogacía, eligió continuar en el obrador de turrones y chocolate de su padre e incorporar la innovación a la tradición. La maestra turronera explicaba cómo inicialmente había descartado dedicarse al negocio porque había asumido sin darse cuenta el machismo que existe alrededor de este oficio: “Qué pena que no tengas un chico y no tengas continuación familiar”, le decían a su padre. Valero entendió más adelante que estas inercias podían romperse y era bonito verla ahora al lado de su padre aportando sus conocimientos y personalidad al trabajo. Más adelante, conocíamos a Raquel Sàlvia en el Parque Astronómico del Montsec. Desde pequeña quería ser astronauta y, aunque la posibilidad de viajar al espacio no se haya hecho realidad, continúa observando el cielo y realizando tareas de divulgación en el Observatorio.
El resto de entrevistados también estaban bien elegidos, pero por juventud y pasión ellas tenían algo que las hacía diferentes. En un mundo cada vez más instagramizado, frívolo y egocéntrico, y una televisión que cada vez más necesita ir a remolque del famosillo y la viralidad de sus emisiones, estas tres entrevistadas rompían el patrón. Mostraban una manera diferente de construir su identidad y explicarse ante la cámara. No necesitaban presentarse como extraordinarias para que sus historias fueran interesantes. No aparecían para reforzar una marca personal. Tenían más la voluntad de compartir que de destacar. Su plenitud sincera emergía de sus propios valores y convicciones, asociada a esta idea del arraigo. Las tres llamaban la atención porque su manera de explicarse no giraba alrededor de mirarse al ombligo sino de su relación con el trabajo, con el paisaje y el territorio y, sobre todo, con su vínculo con los demás. Personas con experiencias propias y no con pretensiones mediáticas y de espectáculo. Y eso sí que te hace pensar en un país de altura.