Cultura del escroto
Como una ametralladora de la Segunda Guerra Mundial subastada en un mercado de pacifistas, se vuelve a hablar de la cultura del esfuerzo. Ra-ta-ta-ta. Pero el cuerpo está muerto. Hace falta esfuerzo y cultura para hablar de esto. Y no la hay. Al menos en los supermercados. Dicho de otra manera: la cultura del esfuerzo empieza en la placenta. Incluso antes. Pero demos un paso adelante y vayamos a P3.
Cómo queréis que haya cultura del esfuerzo si desde P3 muchos padres ya no quieren que sus pollitos y ardillitas y marsupialitos pasen una noche fuera de casa para salvaguardarlos del malvado mundo mundial y sideral. Alargad el viacrucis laico proteccionista hasta que tengan pelos por todo el cuerpo y os encontraréis que ya es imposible, ni vía lobotomía, empotrar un chip de cultura del esfuerzo en la chiquillería organizada en bandas violentas nihilistas.
Si ya los tenéis instalados en los limbos de la nada, con esta bolsa de plástico escudo antimisiles vida, veréis que dicha cultura del esfuerzo no se pega ni con cemento armado, ni tampoco con cables coaxiales imanes. Muchos de estos niños, ya no niños, no tendrán ni cultura, ni esfuerzo, ni neurona, ni nada de nada. Mientras tanto, a su alrededor irán brotando otros niños, que no los habrán condenado vía familiar a problemas de esterilización existencial, que irán saliendo adelante. Y un día unos y otros se mirarán a la cara, a los ojos, a la piel. Y no podrán ni las carreras, ni los másteres, ni las etiquetas de anís del mono, o los carteles hechos con pegatinas. Después llegará la incomprensión, el resentimiento y el racismo.
No hay albañiles, fontaneros, carpinteros, contorsionistas, funambulistas… No hay nada. Y alguien tiene que hacerlo. Y limpiar culos y pabellones auriculares. Pero no están. Y tampoco estarán para hacer trabajos de las carreras, ni los viales, ni los senderos, ni las especializaciones, ni los cursos, ni los hipercursos en gestión de fauna no europea… Para nada. Y con suerte, vivirán de las migas de los padres. Y con más y más suerte de los abuelos y los bisabuelos y cualquiera que aún viva en el ataúd. Tomad nota: de aquel piso, de aquel otro, de los dineros, del anillo de boda. O de lo que sea. Que estos muertos, o moribundos, lo hicieron, precisamente, ay las, vaya usted a saber, con cultura del esfuerzo. Y también sin futuro. Porque nunca hay un mañana 3HD. Y si todos ellos hubieran salido de la placenta de su madre, o de una escarola, sin haber hecho todo esto no habrían hecho nada. Dicho de otra manera: la vida es dura y hay que comer mucha verdura. Ayer, hoy y pasado mañana.
Cierto. Los que se van, los que se largan, los que toman las de Villadiego. Porque aquí no hay nada. O no se puede hacer nada. Cierto. Más por vegetarianismo que por canibalismo. Vegetarianismo transversal y horizontal. Mediocridad a 360 grados. Mucha cara y farsante y organizaciones legalizadas de analfabetos de la paga para-funcional de los caraduras. Por lo tanto, volvamos. Hay cultura del esfuerzo y cultura sin esfuerzo. En la primera, unos tiran y los otros se van. En la segunda, todos se quedan y parasitan y nos hunden. Pero todo tiene solución: pico y pala. Y se acaba todo. Que es lo que está pasando y pasará más. Porque todo es biológico y todo se acaba. Y ahora se está acabando todo. Y volverá a empezar todo. Y no se habrá aprendido nada. Ya puedes silbar si el asno no quiere beber, ni ver. Porque, aquí, incluso atamos a los asnos con longanizas, claro, de la carne de otros asnos. Es la cultura del escroto.