Demagogia contagiosa

El chiste del momento: la presidenta Díaz Ayuso declara Madrid “territorio libre de nacionalismos e ideologías identitarias”, “la región más heterogénea que existe porque está hecha de todas las formas de ser español”. Me ha sonado a reverberación de uno de los eslóganes del franquismo: “España, una, grande y libre”, ahora concentrado en la capital.

Ciertamente, no es novedad. Ayuso hace tiempo que exporta su exaltación patriotera. De hecho, en febrero ya había calentado el ambiente con la participación por vídeo en un evento en Mar-a-Lago, la residencia de Donald Trump –todo un modelo para la presidenta madrileña–, en que equiparó el gobierno mexicano de Claudia Sheinbaum con la dictadura cubana. Ahora, aterrizada en México ("Méjico", según ella) para homenajear al conquistador Hernán Cortés, ha provocado con sus arengas la suspensión de la ceremonia religiosa prevista, por la politización del evento. Le quedan nueve días de viaje para continuar construyendo su inefable personaje, expresión de dependencia del propio ego más que de un partido (el PP en este caso) o de una ideología política.

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La amalgama de Ayuso intentando hacer creer que todo cabe en su cesto, cuando todos sabemos sus limitaciones, tiene un recorrido estratégico exiguo fuera de Madrid, pero suma material a la ola reaccionaria que amenaza en todas partes y de la cual la encuesta del ARA levantaba testimonio. Aliança Catalana ya supera a Junts en intención de voto. Es decir, la extrema derecha –aquí, como en todas partes; en esto no somos diferentes– acorrala la derecha catalana. Es cierto que también Vox aprieta al PP y que, en Francia, por poner otro ejemplo, Reagrupament Nacional provoca la dispersión de la derecha francesa. Pero mal de todos, consuelo de tontos. Cada caso tiene sus características, pero hay algo en común: las extremas derechas se hacen oír más que unas derechas acomodadas y gastadas. Y juegan impunemente con la dificultad de los partidos conservadores de encontrar respuesta a dos cuestiones clave: la vivienda y la inmigración.

Las extremas derechas recurren sin escrúpulos a la demagogia. La mayoría no han gobernado y, por lo tanto, no llevan la carga de los problemas irresolutos. Sustituyen la responsabilidad por la demagogia, que es su estado natural. Pueden vender cualquier moto a los votantes, especialmente a los que se sienten abandonados. Y, de paso, hacen emerger las latentes pulsiones identitarias y autoritarias, como hace Ayuso.

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La dependencia de Puigdemont, un personaje amortizado, que sigue operando por pantalla –aunque cada vez se le ve menos– desde el exilio, cuando todos los líderes del Procés ya hace tiempo que están por aquí, y que cada día que pasa está más alejado de la realidad, está pasando factura a los herederos de Jordi Pujol, que debían ser el eje nacional conservador de la democracia catalana y solo hacen que desdibujarse. Y eso, en un momento crítico para la democracia. No solo Aliança se come Junts, sino que en Cataluña, como en España, también Vox muerde al PP. Y la derecha, en lugar de reaccionar, trampea. Es patético el caso de Feijóo: a piñón fijo, sin otro recurso que agredir verbalmente a Sánchez, incapaz de construir un discurso diferencial. ¿Puede ser que ya estemos entrando en la claudicación de las derechas ante el neofascismo, como media Europa? Que miren al canciller alemán Friedrich Merz, que parece que se empieza a despertar.

En fin, un dato inquietante para completar esta serie de advertencias: el 23 % de los votantes de Vox –el neofascismo hispánico– optarían por Sílvia Orriols –el neofascismo catalán– si fuera un voto más útil para la lucha contra la inmigración, que es ahora mismo el espacio preferido para desplegar la demagogia. Cuidado con optar por la prudencia por comodidad. Los partidos democráticos no pueden hacer ver que no oyen el ruido autoritario. Es contagioso.