Diada
En la Diada Nacional, y en vista de la cantidad de voluntarios que hay para llevar a cabo la ardua tarea de pensar el país, vaya desde aquí la humilde recomendación de fijarse en el País Valenciano y en las Baleares. “Debemos acercarnos más a Valencia”, dijo Josep Pla: allí, el sábado, hay una gran manifestación en defensa de la escuela pública en catalán y contra la pretensión de someterla a control ideológico y lingüístico. Es una lucha crucial para todos. En las Baleares, y en particular en Mallorca y en Ibiza, se plantean con crudeza las consecuencias de la turistificación: masificación, especulación, sobreexplotación de los recursos naturales, tensión y desigualdades sociales, expulsión de la ciudadanía por imposibilidad de acceder a una vivienda, unos resultados PISA a la cola de la cola de todo. La recomendación es mirarlos, al País Valenciano y a las Baleares, no para confirmar prejuicios ni arquetipos, ni para ejercitar la prepotencia ni el paternalismo, porque los problemas que allí se plantean son, en gran medida, los mismos que tiene Cataluña. Aena nos ordeña con idéntica voracidad; la Guardia Civil, la Policía Nacional y los Mossos nos pegan con la misma dedicación en las manifestaciones; la preocupación por el futuro (qué futuro y en qué condiciones) es, más o menos, la misma en todas partes de los Países Catalanes (y ya soy consciente de que no he mencionado a la Cataluña Norte, la Franja ni el Alguer; lo hago ahora).Otra recomendación si se quiere pensar el país es mirar al mundo. No es lo mismo que hace nueve años, cuando tal día como hoy hacía poco más de tres semanas del 17-A y faltaban poco menos de tres para el 1-O. Discutir sobre Cataluña al margen de la emergencia climática es exponerse a fabricar diagnósticos y prescripciones obsoletos de entrada. Pretender discutir sobre inmigración y minimizar al mismo tiempo la influencia de la extrema derecha —ignorando o dejando fuera de la discusión la involución democrática y la corrosión institucional que produce la extrema derecha en todo Occidente— es errar completamente el tiro. Todavía es más errado si se pierde de vista que Cataluña —y el País Valenciano, y las Baleares—, en tanto que país rico y pequeño del sur, y también su lengua y cultura, son verdaderos caramelos para los gurús de la ultraderecha global antieuropea, potenciales Ceutas o Groenlandias.Queríamos una república para tener voz propia en estos debates y que fuera una voz progresista, atrevida (me ahorraré el requemado adjetivo revolucionaria), abierta, profunda y radicalmente democrática, con una identidad construida sobre la lengua y la cultura catalanas que fuera capaz de recibir las lenguas y culturas de las personas que vienen a vivir aquí y beneficiarse de ellas. Que en vez de eso el debate público haya sucumbido a las provocaciones de cuatro salvapatrias, a la retórica masturbatoria de los discursos belicistas o al refrito de viejísimas trifulcas (de dónde eran los abuelos de cada cual, por ejemplo), es decepcionante. A pesar de ello, a pesar de la atmósfera viciada y la sensación de fin de los días, el futuro sigue estando hacia adelante. Viva Cataluña libre y buena Diada a todos, menos a los fascistas.