Diversidad en la escuela: 'E pluribus unum'
"E pluribus unum" (Unidad en la pluralidad) es el lema del escudo de los Estados Unidos, el título de un artículo académico del 2007 que hizo época y el ideal de toda sociedad que haga del pluralismo un valor constitucional supremo, que es el de promover la libertad de los ciudadanos sin fomentar su división en facciones.El artículo estaba firmado por el sociólogo socialdemócrata Robert Putnam, que fue consejero de Clinton, Tony Blair y Obama, y comienza así: "Uno de los retos más importantes a los que se enfrentan las sociedades modernas, y al mismo tiempo una de nuestras oportunidades más significativas, es el aumento de la heterogeneidad étnica y social en prácticamente todos los países avanzados".Existe–nos asegura Putnam– un límite de la pluralidad más allá del cual se hace difícil mantener vigente el ideal de una comunidad integrada por miembros heterogéneos. Si se traspasa, la pluralidad se degrada en la atomización de individuos aislados que no tienen intermediarios entre su yo y el espacio comunitario.El crecimiento de la heterogeneidad social se ve favorecido tanto por dinámicas migratorias como por corrientes de fondo de las sociedades modernas que tienden a ver en la diferencia un valor. De hecho, hoy entendemos la igualdad como igual derecho a ser diferentes (por eso el emotivismo dominante). En las escuelas se dice que cada alumno aprende de manera diferente (cuando nuestras similitudes son mayores que nuestras diferencias) y en las universidades se insiste en la inconmensurabilidad de las diferentes culturas. Estamos privatizando la moral, pero, como no somos capaces de dotarnos de un orden moral coherente, nos hemos cargado de responsabilidades tan excesivas que las acaban eludiendo. Ahora bien, si erosionamos los estándares morales compartidos, nos privamos de la posibilidad de resolver pacíficamente las disputas inevitables de la vida en común.Sería culturalmente suicida ignorar los retos de la heterogeneidad. Es bien conocido, por ejemplo, el fenómeno del “native flight”, que nos dice que cuando la concentración de alumnos inmigrantes en los centros educativos alcanza ciertos umbrales las familias nativas llevan a sus hijos a centros con un alumnado más homogéneo. Algo parecido pasa en los barrios, en los espacios de ocio y en los servicios públicos.
A un recién llegado no le pedimos, de entrada, que considere más valiosa la tradición cultural del país de acogida que la propia. Nada impide que reserve su fidelidad para la tradición de la que se considera descendiente. Si queremos que un día se considere heredero de las tradiciones culturales del país de acogida, el instrumento decisivo es la escuela... siempre que asuma que no puede renunciar a la transmisión de lo mejor de su legado cultural a las futuras generaciones. No se trata de transmitir solo componentes folclóricos, sino hacer creíble y estimulante nuestra corriente histórica, que es, ciertamente, compleja y diversa, pero que hace posible lo que el verbo anostrar connota.Esta, la nuestra, era la misión republicana de la escuela cuando se creía responsable de la transformación de un hijo en un ciudadano. Hoy, decididos a jugar con fuego, proliferan las críticas (culturalmente suicidas) al profesor transmisor (la bestia negra de la “nueva” pedagogía) mientras la escuela se deja arrastrar por una deriva terapéutica. Péguy decía que el maestro “es el único e inestimable representante de los poetas y de los artistas, de los filósofos y de todos los hombres que han hecho la humanidad y que la mantienen”. Esto quiere decir enseñar, representar, hacer visibles las enseñanzas, mostrar impulsos, orientar la mirada y la atención. Hoy, sin embargo, se bombardea a los docentes con la cantinela de que hay que sustituir la transmisión del profesor por la construcción autónoma de sus conocimientos por el mismo alumno.En sentido general, cuanto más crece la diversidad en el seno de la escuela, más se atrincheran los alumnos en sus diferencias culturales y en sus propias maneras de construir conocimientos. Nuestras escuelas son profecías en acto.Putnam distingue entre enlaces y puentes. El enlace aparece espontáneamente con quienes se nos parecen. Pero para garantizar la buena salud del unum hacen falta puentes entre personas de tradiciones culturales diferentes. Los países que cuentan con ambos tipos de enlaces han convertido los retos en oportunidades. Si queremos seguir por este camino, debemos hacer creíble el ascensor social. Y la clave para abrir la puerta es la cultura común.No se trata de negar la pluralidad. Las sociedades abiertas actuales no tienen manera de cerrarse dentro de sus fronteras. Pero de alguna manera debemos fomentar el sentido de unidad si hemos de preservar la continuidad.