Por la educación, todo

Quizás la peor jugada del gobierno Isla, en lo que lleva de mandato, es el acuerdo fantasma alcanzado con los sindicatos de maestros. Un acuerdo que sólo implicaba a los sindicatos minoritarios en el sector —UGT y Comisiones Obreras—, pero que, sin embargo, fue anunciado de forma solemne, calificado de "histórico" y publicidad de forma extraordinaria. Esto hizo que los docentes se sintieran no sólo desatendidos, sino también burlados, y arrojados a los pies de los leones de una opinión pública demasiado receptiva a la caricatura del maestro que hace dos meses de vacaciones y encima se queja. Ha sido una jugada tácticamente desastrosa, porque no dejaba a los sindicatos mayoritarios otra opción que mostrar su fuerza en las calles, de la forma más contundente posible.

Y seguramente es cierto que parte de la opinión pública cree que los maestros hacen un grano demasiado; al fin y al cabo, Ustec ha pedido la dimisión de todos los consejeros del ramo -todos- desde que tengo uso de razón. Consejeros de CiU, del PSC o de ERC, algunos mejores que otros. Pero también hay mucha gente con hijos en edad escolar y sabe de primera mano la magnitud de la tragedia pedagógica que vivimos. Con Cercanías, con la sanidad y con la seguridad ciudadana nos jugamos el presente, pero con la educación empujaremos también el futuro del país. Por la educación, todo esfuerzo es poco.

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Supongo que nadie se sorprenderá si digo que, en mi opinión, la ausencia de las herramientas y los recursos de un estado propio están en la base del problema. Pero es evidente que no podemos permitirnos esperar a que llegue el amanecer independentista, si es que llega; tenemos que jugar con las herramientas que tenemos, y, si cabe, mejorarlas, como ocurre con la nueva financiación de la Generalitat, que no tiene calendario, y con los presupuestos catalanes, siempre prorrogados, en este caso porque uno de los pilares del acuerdo de investidura de Salvador Illa —la cesión íntegra del IRPF a la Generalitat— ha quedado aplazado por las RR.

Y después está lo que depende exclusivamente del departamento de Educación: más personal —mejor formado, mejor pagado— y unas directrices pedagógicas que enmienden el modelo actual, cuestionado no sólo en el plano teórico, sino también por los datos del informe PISA y los porcentajes de fracaso escolar. La difícil gestión de la diversidad -consecuencia del fuerte impacto de la inmigración-, el mal uso o el abuso de las nuevas tecnologías, el hundimiento del uso del catalán o la pérdida de autoridad de los docentes son sólo algunos de los aspectos que hacen tambalear el sistema. Haciendo una redada rápida en las redes se puede ver la cantidad de tinta derramada para analizar y contraanalizar estas cuestiones, por parte de expertos, colectivos, fundaciones y centros de estudios, y la dificultad de ponerle orden con el objetivo de proporcionar directrices claras y compartidas ampliamente. Esta horizontalidad en la discusión y en la gestión, que es una característica tan catalana, tiene mucho positivo, pero puede ser un problema si cortocircuita la capacidad de emprender reformas de gran alcance.

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Como necesitamos un gobierno que gobierne, y una comunidad educativa que aplique con celo lo que el Parlamento decida, es necesario hacer un auténtico llamamiento nacional a la regeneración del sistema educativo; hay que hacerlo sin prisa pero sin pausa, pensando mañana y pensando en 2040, alineando las mejores mentes pensantes y sobre todo las mejores voluntades, sin sectarismo, ni cálculos políticos ni egoísmos corporativos. Es necesario que lo lidere el Gobierno pero con un apoyo calificado de la mayoría del Parlamento, de los sindicatos y de los expertos. Es necesario, en resumen, un ejercicio masivo de generosidad que no sé, sinceramente, si está a nuestro alcance. Afortunadamente, el futuro no pertenece a los escépticos, sino a los ilusos.