Los estudios artísticos en Cataluña, un problema superior
Están cambiando muy deprisa las maneras de acceder no ya a la información, sino también al conocimiento, a cómo organizar el trabajo y las organizaciones que lo agrupan, así como las biografías formativas y laborales de cada uno. Durante décadas, la vida se organizó a partir de una sucesión de etapas que se recorrían de una en una y en un orden previsible: formación, ocupación, jubilación. Hoy la secuencia ya no es fija: se estudia a lo largo de la vida, se cambia de oficio a menudo, y todo ello se encadena, se alterna y se solapa de manera imprevisible.
Y las universidades van modificando sus estructuras e instrumentos para intentar responder a ello. Algunos ejemplos de esto son los grados abiertos, los dobles grados, las microcredenciales o los doctorados industriales. Los estudios artísticos superiores de Cataluña no son ajenos a estos cambios, pero disponen de menos recursos institucionales para hacerles frente. Son estudios que agrupan disciplinas y prácticas tan diversas como música, danza, arte dramático, circo, cine, diseño, bellas artes o conservación y restauración, y que agrupan a miles de estudiantes y profesores en una gran diversidad de centros e instituciones. Hablamos de escuelas de prestigio europeo reconocido, como la Esmuc, el Institut del Teatre, la Escac, la Escola Massana, Elisava, Bau, la misma Facultat de Belles Arts y muchas otras igualmente significativas. Y, sin embargo, viven en un cierto desorden normativo que cuesta entender si uno no está directamente implicado.
El problema es, primero de todo, legal. Ni las leyes recientes que han regulado el sistema universitario, ni la que regula la secundaria y la formación profesional, ni tampoco la más específica, la ley de enseñanzas artísticas (LEA) del 2024, acabaron de resolver las indefiniciones. ¿Hablamos de estudios universitarios o de estudios superiores de formación profesional? Por mucho que la norma hable de "equivalencia" con la universidad, muchos de estos estudios quedan, de hecho, fuera del sistema universitario. Y, así, los estudiantes y los docentes viven entre dos mundos. Se someten a las evaluaciones de calidad universitaria, pero conservan una inspección pensada para la secundaria. Un estudiante puede cursar un grado que ha pasado por el mismo tamiz que uno universitario y encontrarse que no consta en el registro estatal de títulos, que no accede a las mismas becas o que no tiene voz allí donde se deciden las políticas que le afectan.
Detrás de esta confusión de marcos legales hay personas con problemas bien concretos. En diversos centros públicos, el precio por crédito supera al de la universidad, con becas a menudo menos generosas. El caso del profesorado es todavía más revelador, ya que tienen salarios y cargas propios de la secundaria y no pueden doctorarse dentro del mismo marco: la LEA supedita la investigación y el doctorado a convenios con la universidad. Así pues, un músico o un coreógrafo que quiera hacer investigación avanzada debe ir a una universidad que a menudo no tiene especialistas en su disciplina, mientras que el conocimiento que atesoran las escuelas de arte no se reconoce como una producción propia del conocimiento superior. No es un problema solo administrativo. Un concierto, una restauración o una película pueden ser formas de investigación, y, en cambio, estas creaciones intelectuales no son reconocidas como propias de la enseñanza superior.
El Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes (CoNCA) ha encargado dos informes sobre el tema –uno en 2018, y el otro, muy reciente– que sitúan el problema en el marco europeo. Con las excepciones de Francia e Italia, la mayoría de países de Europa tienen estos estudios integrados dentro de la universidad, a menudo en universidades de las artes, especializadas, con derecho a conferir el doctorado, como en Austria o Alemania. El modelo de títulos meramente "equivalentes" –lo más parecido a nuestro marco no universitario– ya es minoritario; incluso Francia e Italia, que se acercan a él, evolucionan hacia la órbita universitaria. Cada vez más, la situación de las enseñanzas artísticas superiores en Cataluña es una excepción.
No se trata de resolver el lío con una integración sin más en el sistema universitario. Estar dentro de la universidad significa jugar con reglas que hoy no serían fáciles de cumplir para muchas de las instituciones. Pero también se hace muy difícil mantener la situación actual, sobre todo viendo lo que pasa en todas partes. La Unión Europea impulsa alianzas de universidades y consorcios artísticos que reparten financiación, movilidad y prestigio, pero que presuponen un estatus y una capacidad de conferir títulos que los centros no universitarios no tienen. Ya hace años que se hablaba de Can Ricart, en el Poblenou, como una posible alternativa. Era en esta antigua fábrica donde se debía hacer realidad el Campus de las Artes, pensado como centro compartido de investigación y formación de tercer ciclo. La rehabilitación no ha acabado produciéndose, y el proyecto se ha abandonado.
Seguramente, no hay una receta única para dar respuesta a un marco tan diverso y heterogéneo. Pero hay caminos razonables y no excluyentes. Por ejemplo, un consorcio estable entre las universidades públicas para ofrecer titulaciones conjuntas. O un refuerzo real del marco propio existentepara que esté dotado, ahora sí, de la autonomía, los recursos y la equivalencia que hasta ahora han sido más proclamadas que efectivas. Con buen criterio, el último informe del CoNCA no se cierra en ninguna de ellas.
Al final, la pregunta es si queremos reconocer o no que las artes son una forma de conocimiento equiparable a cualquier otra. Si la respuesta es que sí, deberíamos aceptar que quien elige estos estudios merece tener las mismas oportunidades de adecuación y proyección que quien estudia física, derecho o medicina. Se trata de verlo no como un tema gremial, o que afecta a pocos miles de personas, sino como un tema de futuro del país.