Con una ilusión salvaje leo en el ARA que el Gobierno, el ministerio, Renfe y Adif han anunciado “el despliegue de un plan de obras millonarias, repartido en diversas estaciones, que quiere transformar estos puntos de paso en infraestructuras «dignas» mientras no llegan las grandes obras”. Las grandes obras tardarán años y quizás, cuando estén, ya seremos polvo de estrellas, por decirlo poéticamente. "La estación es la puerta de entrada al sistema, y su confortabilidad habla de lo que el usuario se encontrará después", ha dicho la consellera de Territori, Sílvia Paneque. Por ejemplo, en la estación de Molins de Rei harán unas obras con una inversión de “más de nueve millones después de dos años paradas”. En la de Llinars del Vallès y en la de Santa Perpètua de Mogoda, de más de dos millones. En Sants, de 150 millones.
La consellera tiene razón en una cosa: si tienes que esperar horas y horas en una estación, sin saber cuándo llegará el tren, vale la pena que los asientos sean cómodos, y que haya wifi y aire acondicionado. Hablo, claro, de las que son interiores, porque las exteriores son toda una otra cosa. En muchas, tienes que esperar entre las dos vías, bajo una marquesina (si hay suerte) y a menudo sin ningún asiento. Como los trenes no pasan puntuales, en invierno, de madrugada, es inhóspito estar allí, de pie o sentado en el suelo, muriéndote de frío, y en verano, al mediodía, aún más, asándote al sol. Pero que “la experiencia” de estar en la estación mejore no mejorará el enfado de no llegar a donde vas. Propongo, pues, que no se mejore ninguna estación. Con los 150 millones de Sants, los cuatro y pico de Llinars y Santa Perpètua y los nueve de Molins de Rei, la consellera tiene para pagarnos un taxi a cada uno de los usuarios de Renfe. Eso sí que nos mejoraría la experiencia.