Una asistente con una camiseta con un mensaje antiinmigración en el último acto de campaña de la AfD en Magdeburgo, Alemania, el pasado 5 de septiembre.
08/09/2026 - 18:00 h.
Filósofo
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Por primera vez desde la derrota del nazismo, la AfD, la extrema derecha, puede gobernar un estado en la Alemania federal. Es decir, el tabú del nazismo decae de manera abrumadora: con el 44% del voto y 39 escaños, mientras que la CDU pasa de 40 diputados a 16. La humillación de los democristianos alemanes es tan contundente que someterse al adversario sería una claudicación definitiva en los tiempos que corren, con riesgo de ser absorbida. Y paradojas de la historia, todo dependerá del BSW, un estrafalario y marginal partido de izquierda contrario a la inmigración, dispuesto a no contribuir a bloquear a la extrema derecha. Un gesto que no dejaría de ser indicativo: un partido de izquierda se sumaría a la tendencia creciente en la derecha europea de dar reconocimiento al neofascismo. Es decir, que la pulsión reaccionaria salta fronteras: ya ha arrasado bastante en la derecha, ahora solo falta que se apunte la izquierda. En todo caso, pase lo que pase, una cosa es cierta: el tabú del nazismo, que se había configurado en la posguerra, se estaría disolviendo en Alemania, que se incorporaría así al desplazamiento hacia la extrema derecha como en casi toda Europa.

En un artículo en el Financial Times, este fin de semana Naomi Klein y Astra Taylor advertían de la dimensión del reto que vivimos: "La peligrosa alianza de tres facciones: los fundamentalistas religiosos, los aceleradores tecnológicos y la militancia etnonacionalista". Una inquietante mezcla. Cuando el vicepresidente de los Estados Unidos J.D. Vance dice con alegría que no le extrañaría "que el Anticristo estuviera caminando hacia nosotros", me parece que hay pocas dudas de que la democracia está en peligro, incluso allí donde tiene larga historia. Y es desconcertante la pasividad con la que se vive esta deriva, que coincide con el desdibujamiento absoluto de las izquierdas, cada vez más irreconocibles, y la penetración del autoritarismo en el espacio liberal.

Las señales no dejan duda: si Alemania ha roto un tabú que la protegía, en Francia la extrema derecha está a un paso de la presidencia de la República, institución tutelar del régimen, y por todas partes –en España, por ejemplo– las derechas que aspiran a gobernar se van entregando a la extrema derecha, sin querer darse cuenta de lo que ha pasado en otros lugares no lejanos, como Francia e Italia, donde los neofascistas han pasado por encima de las derechas y las están dejando fuera de juego. A la izquierda, ya quedan pocos. Y, sin embargo, parece que debería haber espacio para ligar un discurso que rompiera las inercias, como hizo Pedro Sánchez en la primera parte de su mandato.

¿Qué está pasando? Pues que se está imponiendo el mensaje proveniente de las élites americanas: que la libertad (de algunos) es incompatible con la democracia. Una consigna envenenada que conecta directamente con el nihilismo, la fuente de cualquier deriva autoritaria, la creencia por parte de un sector poderoso de la sociedad de que a ellos todo les está permitido y que el marco democrático de derechos básicos para todos –con las correspondientes exigencias propias del estado del bienestar– les es incómodo. Y les conduce inexorablemente a favorecer formas autoritarias más o menos sofisticadas y a negar la autoridad del estado y, por lo tanto, buscan impunidad y discursos que encuadren a la gente. Desde intereses y tradiciones diferentes –y a menudo contradictorias–, los poderes de gran influencia política y mediática prefieren el encuadramiento del personal bajo los mitos de la patria o de la creencia, que les dejan a ellos en la impunidad. Y ahora mismo la radicalización derechista de buena parte del electorado tiene que ver con esta dinámica, que lleva a la claudicación de las derechas liberales, que ceden paso al autoritarismo posdemocrático. Una corriente que busca encuadrar a la ciudadanía a partir del marco digital, al menos hasta que este muestre sus fisuras.

El triunfo de la AfD resulta espectacular porque demuestra que la vacuna antinazi ha caducado. Y es a la vez una advertencia que no debería pasar desapercibida. La democracia está en peligro y ahora mismo va acelerada hacia la domesticación. ¿Podemos esperar voces y propuestas que desde el espacio liberal democrático y socialista detengan esta deriva? De momento, hay más resignación que otra cosa. Y el tabú de la extrema derecha está cayendo de manera irreversible: ver al PP desbordado por Vox y a Junts por Aliança Catalana da angustia. Y, sin embargo, hay razones para pensar que se irán encontrando con inquietante naturalidad.

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