Durante miles de años, los humanos hemos mirado al cielo buscandole respuestas, y pocos fenómenos han despertado tanta fascinación como un eclipse. Cuando el Sol desaparece en pleno día, se altera el orden del mundo. Antes de comprender qué pasaba, diferentes culturas buscaron explicaciones y convirtieron aquel momento extraordinario en presagio, celebración, plegarias y rituales diversos. Y es que los eclipses no solo se han intentado explicar, sino que también se han ritualizado.
Hoy sabemos qué es un eclipse, lo podemos calcular, predecir y explicar científicamente, pero el miércoles volvimos a hacer algo muy antiguo: nos reunimos para observarlo. Ya no necesitamos un ritual para protegernos de un dios enfadado o para espantar a un monstruo que se comía el Sol, pero continuamos convirtiendo un fenómeno extraordinario en una experiencia compartida. Y aquí aparece una de las funciones más profundas de los rituales, la de vincularnos. Émile Durkheim ya lo explicó hace más de un siglo. Cuando las personas se reúnen, concentran la atención en los mismos símbolos y comparten una emoción, se produce lo que llamó efervescencia colectiva, una energía que refuerza los lazos y hace que las personas se sientan parte de algo más grande que ellas mismas. El ritual no solo nos relaciona con aquello que consideramos sagrado, sino que también nos recuerda que formamos parte de un grupo. Harvey Whitehouse y Jonathan Lanman profundizaron en esta idea estudiando la relación entre ritual, cohesión e identidad. Mostraron cómo los rituales refuerzan la identificación con el grupo, la confianza, la cooperación y los vínculos entre sus miembros. Whitehouse los describe como una “cola social” que ayuda a mantener unidos los grupos.
Una fiesta mayor es mucho más que música y comida. Un funeral es mucho más que una ceremonia. Una verbena, un encuentro, una celebración deportiva o una comida familiar también pueden ser rituales. Son momentos en que hacemos cosas juntos, compartimos símbolos y emociones y nos reconocemos los unos en los otros.
Los rituales construyen identidad porque nos dicen quiénes somos, pero también con quiénes somos, ya que forman un lenguaje simbólico común. A la vez, conectan el tiempo. Cuando celebramos una fiesta que ya celebraban nuestros abuelos, recuperamos una memoria. Cuando la compartimos con nuestros hijos, les transmitimos una manera de pertenecer y de construir identidad colectiva. El ritual se convierte así en un puente entre pasado, presente y futuro.
Pero aquí aparece una paradoja de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad que nos impulsa constantemente hacia el individualismo, con un gran riesgo, porque una sociedad no se puede sostener solo sobre individuos. Necesitamos espacios donde podamos encontrarnos y construir un nosotros. Robert Putnam describió el declive de muchas formas de participación comunitaria y la pérdida de capital social, las redes de relación, la confianza y las normas de reciprocidad que sostienen una comunidad. Para Putnam, estos vínculos son fundamentales para la vida colectiva.
Por eso, cuando desaparecen los rituales, no perdemos solo tradiciones, perdemos también ocasiones para encontrarnos, confiar, compartir memoria y sentir que pertenecemos a algún lugar.
Reivindicar los rituales no es mirar atrás, sino entender qué necesitamos para avanzar. En un mundo cada vez más individualizado, continuar encontrándonos, celebrando, recordando y compartiendo es también una manera de cuidar lo más esencial que nos define como humanos, los vínculos que nos hacen comunidad.