La extrema derecha ante la resistencia 'pop'

A raíz de las elecciones autonómicas en Andalucía se ha vuelto a hablar mucho de los intentos de la extrema derecha por tomar el poder. Una de las tácticas para llegar a él –no solo en el estado español sino también en otros países como los Estados Unidos o nuestra vecina Francia– consiste en intentar dominar los medios de comunicación, cuanto más masivos mejor, con el fin de influir sobre las creencias de la sociedad o el imaginario colectivo. Esta táctica forma parte de la “guerra cultural”, que intenta imponer un pensamiento hegemónico. Las sociedades son plurales, y la libre expresión de las diferencias en los posicionamientos políticos, ideológicos, religiosos, etc. es un síntoma de salud democrática. Es revelador, sin embargo, que últimamente sea la derecha antidemocrática la que invoque la libertad de expresión como arma en esta “guerra”, mientras que cuando está en el poder lo que hace es eliminar todo discurso disidente.En Francia, se produjo hace unas semanas un escándalo en el ámbito cultural que aún está provocando mucho revuelo. La circunstancia que lo causó parece banal: el escritor argelino de expresión francesa Boualem Sansal (candidato al premio Nobel desde hace años), que había estado encarcelado durante meses por motivos políticos en su país y que fue liberado gracias a las presiones internacionales, decidió cambiar de editor. Hasta aquí, todo hace pensar que se trata de una decisión personal y nada criticable, pero el problema es que la editorial Grasset, que publicará su próximo libro —una crónica de su estancia en la cárcel, con vocación de bestseller— está en manos del grupo Bolloré. El fundador y propietario de este holding, que incluye diversas publicaciones periódicas y canales de televisión tan conocidos como Canal+, es el millonario Vincent Bolloré, que se ha declarado abiertamente partidario de encabezar un “proyecto civilizatorio” basado en los ideales de la extrema derecha y del catolicismo más rancios.

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La decisión del escritor argelino y el posterior despido forzoso de uno de los editores más prestigiosos de Grasset hicieron reaccionar a más de doscientos cincuenta escritoras y escritores que publican en esta editorial, algunos tan conocidos como Virginie Despentes, Vanessa Springora (autora deEl consentimiento, que fue un eslabón importante del #MeToo francés) o el filósofo Bernard-Henri Lévy (tan popular que se le conoce por sus iniciales, BHL). Todos estos intelectuales, de posiciones políticas y literarias bien diferentes, han proclamado que ya no publicarán nada más en la editorial Grasset. Confrontados a los escollos legales que tienen para marcharse, también abogan por la inclusión de una “cláusula de conciencia” en los contratos editoriales, que permita que el autor lo rompa si la editorial se desvía hacia posiciones que considere incompatibles con las propias.Más recientemente, y aprovechando el eco mediático de la inauguración del festival de cine de Cannes, se ha hecho público un manifiesto firmado por más de seiscientos profesionales del mundo del cine que alerta contra la próxima adquisición por parte del grupo Bolloré del grupo de empresas de producción y distribución cinematográfica UGC. Estos trabajadores de la industria audiovisual (actores, directores, guionistas, productores...) advierten que, si se produce esta adquisición, Bolloré obtendrá el control sobre una gran parte de los contenidos que se producen en Europa (Studio Canal+ ya es el estudio de producción de cine europeo más importante). Finalmente, el 18 de mayo, más de mil personas crearon la Coalición de Resistencias Artísticas, Culturales y Científicas (CRACS, en las siglas en francés), con el lema “No queremos este mundo” (el que la extrema derecha quiere imponer). 

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La filósofa Sandra Laugier publicó un artículo en Le Monde en el cual compara estos casos franceses con otros que están sucediendo en Estados Unidos, como la ruptura de contrato —o las presiones en este sentido— de presentadores de late shows tan populares como Stephen Colbert o Jimmy Kimmel, que se han mostrado abiertamente críticos con las políticas del gobierno de Trump. Pero la visión de Laugier es optimista: según ella, la “cultura popular” (tal como se manifiesta en las películas, en la música, en las series...), más que la “alta cultura”, es capaz de hacer un acto de resistencia contra esta oleada de conservadurismo cultural. Películas y series ya han visibilizado –y, por tanto, contribuido a hacer que se produzcan– cambios sociales como la mayor presencia de mujeres o de individuos de grupos minorizados en relatos que hace poco tiempo eran protagonizados casi exclusivamente por un solo tipo de persona: un hombre blanco, heterosexual, viril, etc. Más allá de la distinción problemática entre dos tipos de cultura, esta perspectiva esperanzadora respecto a la “cultura popular” no tiene en cuenta, sin embargo, que a menudo esta aparente modernidad es superficial y acaba reduciendo los personajes y las situaciones a esquemas tan fijos como los de los relatos anteriores. En cualquier caso, sin embargo, quizás valga la pena correr el riesgo de la simplificación si, realmente, estas películas, videoclips musicales o series contribuyen, tal como propone Laugier, a construir una “gramática de la resistencia” frente a los intentos de la derecha de colonizar también la cultura.