Cualquiera que tenga hijos –yo tengo tres hijas– sabe qué es amar incondicionalmente. Incluso un personaje tan poco empático con los próximos como Donald Trump demuestra a diario la importancia de la familia. No ha dudado en favorecer hijos, hijas, yernos y jóvenes con cargos y contratos. En nuestra casa, los casos de una parte de la familia Pujol precipitaron la caída de un verdadero hombre de estado que no merecía el final que tuvo. Zapatero no encontró ningún experto en marketing digital mejor que sus hijas. En la villa y corte, José María Aznar, cuando podía, hizo: y el marido de su hija se hartó de hacer de lobista para Endesa o Telefónica. En Francia, en 2009, el hijo de Nicolas Sarkozy, de 23 años y sin los estudios acabados, fue propuesto para presidir la EPAD, el ente público que gestiona La Défense, el distrito financiero de París. Y así, tantos como queráis.Ripoll, que no es Barcelona, ni Madrid, ni Washington ni París, también nos ha enseñado hasta dónde puede llegar el amor de una madre (¡y el desprestigio de la política!). Solo puedo calificar de entrañable la performance de Sílvia Orriols adornándose con una camiseta de la policía local para explicar, ante el consistorio, que trabajar de interina en las fuerzas y cuerpos de seguridad de Ripoll había sido el sueño de toda la vida de su hija, un sueño que ahora se hacía realidad. Una madre no puede destruir un horizonte vocacional tan preciso y bien articulado: policía local, interinidad, Ripoll. No puede hacerlo aunque esto signifique no dormir, empapada de angustia por la seguridad de la chica, una adolescente de patrulla por la selva urbana.
La misma Silvia nos ha hecho saber que en la villa no faltan "delincuentes, terroristas y borrachos". Me emocioné cuando la oí decir, orgullosa, con la cabeza bien alta, que la Guinadell había obtenido el número uno "solo por sus méritos", ampliamente superiores a los de los otros candidatos.El amor de madre o de padre, sin embargo, no debería enturbiarnos la vista. En política, el amor familiar no justifica nada. Por mucho que quiera a sus hijas, lo que ha hecho Sílvia Orriols es impresentable, indefendible. Su retórica inflamada contra los abusos de la administración pública y las redes clientelares –uno de sus signos de identidad política– se ha quedado en fuegos de artificio: palabras sin sustancia.
Ya se sabe, sin embargo, que los líderes mesiánicos, como ella o como Trump, juegan en otra liga y pueden hacer lo que quieran: incluso plantarse en medio de una ciudad, disparar un tiro al primero que pase y creer (con razón) que no perderán ni un voto. Son los tiempos desdichados que nos toca vivir.La cuestión no es solo el nepotismo, sino la distancia entre lo que los líderes prometen combatir y lo que acaban haciendo cuando tienen el poder. Colocar a una hija o un hijo solo es un síntoma. La palabra política devaluada es la enfermedad de fondo.Orriols prometió, en 2023, que nunca cometería los mismos errores que sus antecesores en la alcaldía de Ripoll; en particular, compaginar el cargo con un escaño en el Parlament. Dicho y (no) hecho: meses después encabezaba las listas de Aliança Catalana. De esta manera, entraba por la puerta grande al club de los poetas de las palabras muertas. Carles Puigdemont insistió, en 2016, que el suyo sería un mandato de transición, temporal, de un máximo de dieciocho meses, y que en ningún caso volvería a ser candidato a la presidencia: fue cabeza de lista de Junts en 2017, en 2021 y en 2024. En las primarias del PSOE de 2014, Pedro Sánchez, que encabezará por tercera vez la lista socialista en las próximas elecciones, defendió limitar los mandatos a dos legislaturas. Alberto Núñez Feijóo también se ha esforzado por ser admitido en este club (quizás no tan) selecto: en 2016 prometió que aquella sería su última presidencia de la Xunta, pero en 2020 volvió a presentarse y optó a un cuarto mandato.Uno de los motivos por los que crece la desafección política es que a menudo los líderes de los partidos dicen una cosa y hacen otra. Si piensan que la gente no se da cuenta, se equivocan. En política, las palabras deberían pesar el doble de lo que pesan. Cuando pesan la mitad, la gente las ignora y vota con el corazón; o concluye –con cierta razón– que todos los políticos son iguales; o, sencillamente, se harta y toma una distancia saludable de los asuntos de la cosa pública. Desgraciadamente, el problema no es que falten discursos: es que sobran palabras que nacen muertas.