El fascismo, ahora sí, ha vuelto

"El fascismo volverá y, cuando lo haga, lo hará en aras de la libertad". Palabras premonitorias de Thomas Mann pronunciadas en Estados Unidos en los años cincuenta después de su vivencia dramática del nazismo. La pulsión totalitaria nunca desapareció del todo, y hoy se dan las condiciones para que reaparezca con fuerza. Durante unos años hemos hablado de la mutación de la derecha hacia el populismo. Sin embargo, tenemos suficientes evidencias de que estamos ante el retorno del fascismo en forma y fondo, y que lo que se nos plantea es una nueva batalla entre esto y la democracia. Aunque la historia no se repite, se están cumpliendo con las condiciones políticas, sociales e ideológicas de la Europa de los años treinta. Ahora, el campo de juego es todo el mundo. El liderazgo del proyecto totalitario se abandera desde Estados Unidos –véanse los hechos de Minneapolis–, pero ha contaminado casi la política interna de todos los países. Lo que en un principio eran planteamientos iliberales, en palabras de Orbán, ha acabado convirtiéndose en una apuesta abierta por recuperar las dictaduras. Se está imponiendo abiertamente la cultura de la fuerza y ​​el desprecio a las libertades individuales y nacionales.

Estamos frente a un caos organizado y con unos objetivos bien precisos. Como escribió Victor Klemperer en su magnífico libro sobre el lenguaje del nazismo, lo primero que hace el fascismo es ressignificar las palabras y hacer alarde de las expresiones más brutales. Vuelve a hablarse de espacio vital y de la defensa mundial de la libertad entendida en los términos del totalitarismo. Donald Trump, en poco tiempo, ha dinamitado el orden geopolítico del mundo y ha enviado el derecho internacional y la práctica de la diplomacia a la papelera de la historia. Ha desaparecido toda sutilidad en las intenciones de Estados Unidos como potencia. Han desaparecido el respeto y los buenos modales. El brutalismo se impone exhibiendo discursos entre ridículos, paródicos y estremecedores. Esta conducta entre loca e infantil cumple con el objetivo de atemorizarnos e incapacitarnos para cualquier respuesta. Nadie quiere indisponerse con el gigante demente. Sólo algunos países de la Unión Europea han respondido, sin embargo, apelando a la moderación ya un derecho internacional que ya es una referencia inservible. Sin embargo, la batalla no es sólo ni principalmente en el ámbito de la geopolítica. Se da dentro de cada país, donde el debate político es ya descaradamente entre libertad política y sometimiento totalitario.

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Una de las formas descarnadas de ejercer el poder es la de generar miedo entre aquellos a los que se quiere dominar, sean personas o países. La forma más efectiva que tiene el terror para mostrarse y desempeñarse es la imprevisibilidad. No tener ninguna seguridad de si serás acusado o reprimido y que no sea necesaria ninguna motivación. Stalin era un maestro en esto. Millones de personas acabaron en el gulag y muchos fueron torturados o desaparecieron sin causa ni que se supiera por qué. El nazismo alemán funcionó también con esa lógica. Con el ICE, pero también con la Guardia Nacional, Donald Trump dispone ya de fuerzas armadas y paramilitares que actúan creando terror en su propio territorio ya su servicio, con el objetivo de imponer una determinada cultura y, especialmente, impidiendo el ejercicio democrático. Pronto se copiará el modelo. La clave es la ausencia de normas, mientras el derecho queda esposado.

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Desde hace un año, en la comunicación, los análisis o las tertulias de todo tipo, las acciones llamativas de Trump o de la derecha local crean una mezcla de expectativa, temor, incertidumbre, amenaza y mucho espectáculo. La razón, el análisis, el diálogo o la controversia civilizada han desaparecido. Incluso hay a quien esto le gusta. La única certeza que nos queda es que sólo cuentan la amenaza y uso de la fuerza como razón última de todo. El mundo digital, las redes sociales, ha resultado un magnífico instrumento para difundir mentiras y mensajes de odio y ha encapsulado a la ciudadanía dentro de unas cámaras de eco que nos hacen prisioneros de mensajes simplistas y emocionales. La tecnología digital no es neutra, no se puede utilizar de forma progresista y racional, su lógica es otra. Como McLuhan afirmaba sobre la televisión, el medio es el mensaje. Podemos terminar por asumir el discurso totalitario como la "nueva" normalidad.

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A Europa, ahora, le corresponde reaccionar en la defensa de los valores que le han distinguido y le han dado sentido. Intentar apaciguar al monstruo haciendo actos de sumisión no sirve para nada. Trump no es un lapso accidental. A Europa le toca independizarse, "matar" a su padre y entender el reto actual. El primer ministro canadiense ha marcado la línea a seguir: no podemos seguir actuando como si hubiera reglas y normas cuando han dejado de existir. En la política totalitaria hay que confrontar los valores democráticos, allá y aquí. De entrada, volvemos el significado a las palabras y delimitamos la trinchera de la libertad frente al fascismo.