El fascismo como cuestión sentimental

El fascismo es una cuestión sentimental. Surge, sobre todo, de ciertos sentimientos masculinos. Pueden buscársele causas económicas, sociales y culturales, pero se trata fundamentalmente de la expresión colectiva de una serie de frustraciones personales.

Vayamos al origen del término. Es decir, a Benito Mussolini. En la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Italia había combatido junto a los aliados y contra el Imperio Austrohúngaro, que aún ocupaba parte de la península. Tras derrotas cataclísmicas como la de Caporetto, victorias notables como la de Vittorio Veneto y una lista de bajas que, entre muertos y heridos, superaba el millón, Francia y Gran Bretaña dejaron de lado a Italia en las negociaciones de paz. Apenas tuvieron compensaciones económicas o territoriales. Fue como si Italia hubiera perdido la guerra.

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¿Consecuencia? Los soldados desmovilizados sentían una frustración intensa. El 23 de marzo de 1919, meses después del armisticio, Mussolini reclutó a 60 de esos hombres frustrados, conocidos como “arditi”, y creó los Fasci Italiani di Combattimento. El resto es conocido.

Algo parecido ocurrió en Alemania, la gran derrotada en el conflicto. Como Italia, la nación alemana apenas tenía unas décadas de existencia. Había nacido como imperio (Reich), bajo el militarismo prusiano y bajo la euforia de la victoria sobre Francia en 1871. De pronto, se había convertido en una república frágil y sometida a reparaciones de guerra.

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Para antiguos combatientes como Adolf Hitler, aquello suponía una humillación insoportable. Muchos soldados se unieron a “soviets” comunistas. A Hitler, como espía policial, se le encargó atraer hacia el bando nacionalista y ultraconservador al mayor número posible de esos ex combatientes humillados. Como se sabe, tuvo un gran éxito.

Hubo hiperinflación, deflación e inestabilidad, pero la serpiente nazi no habría surgido sin el dolor sentimental provocado por la derrota.

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Llegando al presente, no encontramos derrotas bélicas. Pero sí sentimientos de frustración. Yo no tengo dudas, aunque tampoco pruebas concluyentes, acerca de la raíz sentimental de movimientos contemporáneos bastante equiparables al fascismo: se trata de una reacción masculina, tan emotiva como difícilmente expresable, ante el progreso histórico de la mujer.

Si la lucha contra el esclavismo fue la gran causa justa en los siglos XVIII y XIX, los siglos XX y XXI han de definirse por la lenta pero inexorable destrucción del patriarcado. Para un buen número de hombres, en especial los jóvenes (los más activos y a menudo los más desorientados), la contrarrevolución machista muestra un atractivo inefable.

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En su reciente libro “El franquismo en tiempos de Trump”, Francesc-Marc Álvaro subraya el interés de muchos jóvenes (más del 20% de los menores de 24 años) por las propuestas de Vox. Y cita una frase de Santiago Abascal: “Los profesores están nerviosos porque las mierdas progres tienen respuesta. Los chavales ya no tragan con el feminismo exacerbado, ni con la memoria histórica que nos dice qué tenemos que pensar sobre nuestro pasado, ni con todos los mantras de izquierdas. La derecha es el nuevo punk”.

Ay, el “feminismo exacerbado”. Añadan a eso la nostalgia (mayormente masculina también) por un pasado idealizado en el que la condición masculina dominaba una sociedad jerárquica, homogénea (es decir, blanca) y en general “pura”, y tienen explicación para los nuevos movimientos más o menos fascistas.

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Eso vale para Vox y para todo lo demás. En especial, para el asombroso fenómeno encabezado por Donald Trump. El presidente de los Estados Unidos convence a sus votantes de que el hombre blanco nunca tuvo responsabilidad por la esclavitud y la posterior segregación de los negros, ni por el exterminio de la población nativa. Y les propone volver a un pasado de grandeza no especificado que, por simple cronología, ha de coincidir con la esclavitud o la segregación.

Además de la ensoñación nostálgica, gran parte del atractivo de Trump para su gente es la vociferación, el insulto, la amenaza. Es decir, la forma más caricaturalmente masculina de hacer política. Se puede afirmar lo mismo de Javier Milei. O de Santiago Abascal. O de Vladimir Putin. Como podía afirmarse de Hitler o Mussolini. Son, todas, expresiones ridículas de “virilidad”.

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No minimizo el impacto de las migraciones masivas, un fenómeno contemporáneo cuyo impacto emocional (y social, pero en menor medida) es comparable al del feminismo. En cualquier caso, noten la respuesta de los nuevos fascismos: volver al pasado y a una supuesta homogeneidad, desplazar las inseguridades personales hacia el ámbito abstracto y consolador de la “nación sagrada y ofendida”, acabar con las “tonterías woke” y con, esencialmente, con una compasión que, en el subtexto de sus discursos, se identifica como “femenina”.