Donald Trump celebró su 80º aniversario con los jardines de la Casa Blanca convertidos en un circo romano con luchadores de artes marciales y siete combates destinados a homenajear al emperador. Un aniversario redondeado, además, con un principio de acuerdo en Irán, que los bombardeos de Israel sobre Líbano hicieron tambalear hasta el último minuto.
Sobre la lona se anunciaba “el campeonato de lucha definitiva”, una exhibición de testosterona –retransmitida como un espectáculo de pago– para un presidente obsesionado con el ejercicio de un poder cada vez más errático.
Con el mismo exceso, Trump sacaba pecho de haber solucionado un problema que él mismo había creado, y aseguraba a The New York Times que sus esfuerzos habían salvado a Israel de la extinción nuclear y habían hecho que Oriente Medio fuera más seguro. Entre la ignorancia y la fanfarronería, el vicepresidente JD Vance remachaba que el acuerdo transformará la región para los próximos 50 años.
Mientras el público de los jardines de la Casa Blanca gritaba “USA, USA”, Trump abrazaba un alto el fuego que certifica los límites del poder de Estados Unidos. El texto acordado, que deberá firmarse el viernes en Ginebra, pone las bases para devolver la región justo a donde estaba antes de la guerra, y con menos garantías de control sobre el programa nuclear iraní que las que había en el acuerdo negociado por Barack Obama y la Unión Europea en 2015, y que Trump dinamitó durante su primer mandato.
El documento alarga el alto el fuego 60 días y lo extiende hasta Líbano, y permite la reapertura del estrecho de Ormuz —objetivo vital para la Casa Blanca—, mientras se negocia un levantamiento progresivo de las sanciones contra Irán.
“Estados Unidos ha conseguido la reapertura de un estrecho que ya estaba abierto antes de su ataque. Nada más”, ironizaba un diplomático europeo.
Washington necesita cerrar definitivamente una guerra que hace tiempo que se le escapó de las manos; que ha desestabilizado Oriente Medio y la economía global y ha hecho crecer una inflación que afecta el bolsillo de los norteamericanos al ritmo más rápido de los últimos tres años.
La guerra ha erosionado también la relación entre Trump y Benjamin Netanyahu, a quien el líder de la Casa Blanca reprocha ahora que le empujara a una intervención militar que le puede costar la mayoría republicana en el Congreso en las próximas elecciones de medio mandato. La relación entre ambos “se acerca a una ruptura”, según afirmaba el diario Haaretz. El presidente de los Estados Unidos ha vivido como una deslealtad que Netanyahu haya intentado boicotear las negociaciones hasta el último minuto, y los partidarios del presidente israelí creen que Trump les ha traicionado. Ha sido una erosión acelerada. Cuanto más se distanciaban los objetivos de Washington y Tel Aviv en la región, más desafiantes y expansivos han sido los ataques israelíes en el Líbano y en Cisjordania. Más de tres años de guerra empiezan a pasar factura también entre la sociedad israelí. Netanyahu, que se enfrenta a la reelección dentro de pocos meses y va por detrás en las encuestas, ve ahora cómo el presidente Trump, el activo político más valioso que ha tenido desde el retorno de los republicanos a la Casa Blanca, le ha retirado la carta blanca. El ataque israelí sobre Beirut del fin de semana acabó con la paciencia de un presidente decidido a que ninguna veleidad belicista ensombreciera el autoelogio comercial que, convenientemente, ha hecho coincidir con los actos del 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos. Desde la Casa Blanca, sin embargo, conceden que el acuerdo con Irán no incluye la retirada israelí del Líbano.
Para el régimen iraní, en cambio, la negociación se ha convertido en una oportunidad aún incierta. Para Teherán, sobrevivir ya era una victoria, y han sobrevivido, a pesar de la eliminación de algunos de sus principales dirigentes y de la destrucción física de las infraestructuras del país. Los iraníes han luchado una guerra asimétrica, pero, con el bloqueo del estrecho de Ormuz, el régimen descubrió un arma infalible que le permitió tomar como rehén la economía mundial. Ahora, además, si el levantamiento progresivo de las sanciones llega a concretarse, Teherán podrá volver a exportar su petróleo y podrá ir recuperando decenas de millones de dólares bloqueados desde hace años.
El pueblo iraní, masacrado a principios de año por el régimen y bombardeado después por Israel y los Estados Unidos, continúa siendo el gran ausente de este baile diplomático. Ni siquiera aparece en el texto de la negociación.