El feminismo continúa vivo

A pesar del frío y la lluvia, el feminismo ha vuelto a salir a la calle en forma de manifestación. Después de dos años pandémicos y de ser las feministas, según los sectores reaccionarios, las culpables de la propagación de contagios y del origen del mal, el feminismo retoma la marcha colectiva en un momento especialmente difícil a todos los niveles. En el desaliento general provocado por tantas causas injustas y por esta guerra testosterónica, el movimiento político actual más importante y más relevante ha demostrado que está vivo, que protesta y que exige cambios profundos. En un día gris en Barcelona y en una época oscura mundial, esta es una brecha considerable de esperanza. Lo es también porque a pesar de las desavenencias dentro de un movimiento tan transversal, todavía somos capaces de salir y de reivindicarnos juntas. No todas; la mayoría. Estas divergencias es lógico y es saludable que estén, lo único que tenemos todas las mujeres en común es que somos mujeres, pero las discrepancias no pueden hacer encallar el adelanto hacia una igualdad que siempre tarda en llegar y que se va saltando una generación detrás de otra como una herencia maldita. Hay quien se frota las manos con nuestras discusiones internas. No hay que dar alegrías a los adversarios. Tenemos que fortalecernos colectivamente y llegar a los consensos necesarios para que esta sea la última ola del feminismo antes de lograr sus objetivos. No es poca cosa. Lo hacemos para vivir el final de una discriminación injusta y endémica que ha hecho del mundo, siempre y hasta ahora, un lugar peor para vivir para todo el mundo. 

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La pandemia, y ahora la guerra, han dejado un rastro todavía más profundo de las diferentes violencias que sufrimos las mujeres. Nada ha mejorado. Al contrario. Las cifras son desalentadoras y detrás de cada tanto por ciento hay millones de mujeres en todo en el mundo que tienen que soportar ser más pobres, más excluidas, más agredidas. Los violadores y los maltratadores conviven con nosotros, los acosadores están en los puestos de trabajo –a menudo con cargos desde donde ejercen el abuso de poder–, los depredadores de las mafias viajan a las fronteras para traficar con nuestros cuerpos. Cada minuto tenemos miles de razones para salir a manifestarnos. Cada segundo tenemos que gritar nuestro lugar en el mundo. Por eso que el feminismo vuelva a salir a la calle, aunque de una manera excesivamente festiva teniendo en cuenta cómo de cabreadas tenemos que estar, es una muy buena noticia entre tantas tristezas cotidianas. Y que haya gente muy joven junto a gente de todas las edades es significativo porque quiere decir que, cueste lo que cueste, el relevo existe. Desde todas las generaciones hemos vuelto a decir que basta a una discriminación sistemática en cualquier de los ámbitos de nuestra vida, una desigualdad insostenible que empobrece la sociedad en general desde todos los puntos de vista. También representa, y esto hoy todavía es más importante, una respuesta al auge del fascismo y de la derecha rancia que sin argumentos solo saben generar discursos en contra. El feminismo es lo contrario del mundo que ellos representan y que quieren hacer recular. El feminismo implica la paz en contra de la violencia estructural que no solo tiene forma de guerra en Ucrania.

Nada es perfecto. El movimiento feminista tampoco. Pero estos días en los que es muy fácil que nos devore un desasosiego justificado, cuando no podemos dar por hecho el derecho a manifestarnos libremente viendo cómo tantas otras personas no lo pueden ejercer, el 8 de marzo nos ha hecho encontrarnos de nuevo en las calles y ha vuelto a sacar las miserias de un mundo infectado de un machismo que ya tendría que ser solo digno de estudio por la arqueología.