Los fracasos del Empordà
Al Empordà se le ha mitificado. Se le ha mimado. Los medios hablamos a menudo de Cadaqués, de Dalí, de Josep Pla. Muchos barceloneses veranean allí. La tramontana es un viento con pedigrí. La civilización grecorromana nos llegó por Empúries: Manuel Brunet convirtió aquel inicio en la fábula El maravilloso desembarco de los griegos en Ampurias. Es "la llanura risueña" que cantaba Joan Maragall en la sardana de Enric Morera o la que miró Jacint Verdaguer desde la Mare de Déu del Mont para escribir el poema épico Canigó sobre los orígenes de la nación catalana. El paisaje ventoso y agreste del Alt Empordà y el paisaje abrupto y ondulante del Baix, con sus pequeños núcleos rurales, son un lugar común de la sentimentalidad catalana, y lo mismo podemos decir de las calas y las playas del litoral, tan concurrido.
Pero la realidad del Empordà está muy lejos de esta imagen idílica. Muy lejos. El monocultivo turístico hace tiempo que le pasa factura. Hoy, el Alt Empordà es líder en prostitución, en segundas residencias (vacías), en líneas de tren infrautilizadas (TGV) y pésimamente mantenidas (la convencional), en micropueblos (68 municipios, un 43% con menos de 500 habitantes), en inmigración (la media catalana de población extranjera es del 17,4%, la del Alt Empordà el 25,38%, la de Figueres el 28,17% y la de Castellón de Ampurias el 45%), en abandono de los estudios, en producción de marihuana... Podríamos seguir.
En el libro Converses de sobretaula al Motel (Editorial Gavarres), el exalcalde de Figueres Joan Armangué y el periodista Xavier Febrés conversan sobre estas y otras evidencias. A pesar de su mirada propositiva, en busca de esperanza, el panorama que resulta no es nada halagüeño. Más bien es deprimente. La construcción de vivienda social está en niveles bajísimos, durante décadas se ha descuidado la industria con valor añadido y lo mismo con la producción de energía eólica y solar. Esta semana el Govern ha presentado el Plan Territorial de Implantación de las Energías Renovables (Plater) que pone deberes a municipios y comarcas. Cataluña está a la cola del Estado en producción de energía verde, y el Empordà (tanto el Alt como el Baix) a la cola de Cataluña. ¿Cómo puede ser? Comarcas ventosas sin molinos de viento. Comarcas soleadas con poquísima producción fotovoltaica.
El expresidente Pasqual Maragall alertó del peligro de un Empordà que, en lugar de ir hacia el modelo Toscana, se decantara por el tipo Benidorm. El mismo Maragall soñó este pequeño país como el corazón de una eurorregión Pirineos-Mediterránea que uniera la Cataluña Norte y Occitania con Cataluña y el País Valenciano (y las Islas). Se trataba de poner al día la idea de Países Catalanes con mirada y ambición europea. Han pasado los años y ya nadie habla de ello. La frontera pirenaica sigue separando más que uniendo. El pueblo de La Junquera es un lugar de peregrinaje de los franceses para ir de putas (en Francia la prostitución está prohibida) y comprar tabaco, alcohol y gasolina a precios más baratos. Es verdad que Madrid y París no han creído en ello (solo hay que pensar en el retraso histórico del Corredor Mediterráneo o en la no ejecución de la alta velocidad entre Perpiñán y Montpellier, donde el AVE continúa circulando a velocidad convencional), pero tampoco Barcelona ni Gerona. Armangué y Febrés hacen suyo el concepto de girocentrismo acuñado por el periodista de Portbou Ramon Iglesias.
Ahora hará 50 años que se inauguró el tramo de la AP-7 hasta la frontera, una autopista hoy colapsada. Y hará 25 años que el Parlament rechazó el Informe Roca (encabezado por Miquel Roca Junyent) para reducir el número de municipios en Cataluña con el objetivo de avanzar hacia una gobernanza local más eficiente y racional: el Empordà sigue siendo el paraíso del campanismo que no permite planificar ni gobernar bien. Localismo mal entendido.
Podríamos seguir hablando de granjas de cerdos, de parques naturales con una gestión sin recursos, de una sanidad que en verano queda colapsada, de cultura y educación... Del Empordà real del que nadie habla. El diálogo crítico y civilizado de Armangué y Febrés es valiente y necesario. ¿Hay alguien dispuesto a tomárselo en serio?