Jóvenes: la ansiedad por el futuro

Ahora que miles de adolescentes franceses han salido a la calle a protestar ha surgido la tentación (bastante cómoda) de discutir sobre las imágenes más espectaculares de las manifestaciones y de interpretar con prisas quiénes son estos jóvenes y qué significa su protesta. Lo hemos visto estos días. Las movilizaciones se explican a través de las banlieues, de la inmigración, de la ultraizquierda o, directamente, la racaille (que quiere decir chusma, gentuza, pero no solo, porque es una palabra con una historia política concreta en Francia, que vuelve periódicamente, cuando determinados jóvenes dejan de ocupar el lugar que los otros les han asignado).

Mientras tanto, estos jóvenes no se manifiestan por nada exótico o que tenga que ver con los márgenes. Todo empezó a finales de septiembre en un instituto de Créteil, donde los profesores que faltaban no eran sustituidos. En diez días la movilización había llegado a cientos de centros. Las quejas son extraordinariamente cotidianas: aulas saturadas, falta de personal, horarios agotadores y edificios deteriorados.

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Pero reducir lo que está pasando a un clamor por tener más recursos también es quedarse corto. A las condiciones materiales se añaden reformas constantes y una enorme ansiedad sobre el futuro.

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Aquí encontramos el apunte más interesante de las protestas: cómo una generación de jóvenes comienza a expresar malestares que entendía que eran problemas individuales, y descubre que su experiencia es compartida. Conozco un poco este mundo desde otra parte: doy clases en una universidad francesa y vivo una parte del año en Francia. Mis estudiantes son mayores, pero muchas conversaciones que escucho a mi alrededor se parecen: estudian mucho sin saber qué futuro les espera, y a esto se suman alquileres imposibles, precariedad, servicios públicos deteriorados... En definitiva: viven en un sistema que les exige demostrar méritos constantemente mientras ofrece cada vez menos certezas. Así es como una protesta que comienza porque falta un profesor termina expresando algo mucho más grande.

¿Y cómo responde el Estado? Hasta el 5 de octubre, más de 5.000 personas habían pasado por comisaría, 4.400 menores. Un chico de 15 años ha perdido una mano por una granada policial. Otro de 16 años ha perdido la visión de un ojo. Esta violencia policial no se produce porque sí. Una ley de 2017 amplió los supuestos en los que policías y gendarmes pueden utilizar sus armas. En 2023 un policía mató a Nahel Merzouk, de 17 años, durante un control de tráfico. Y este año la Asamblea Nacional ha aprobado en primera lectura una reforma que introduce una presunción de uso legítimo del arma por parte de policías y gendarmes, que muchos han bautizado como un permiso para matar". La reacción actual sigue una lógica conocida. Antes de preguntarse qué produce el malestar, al Estado le es más fácil convertir las protestas en una cuestión de seguridad y buscar quién manipula a los jóvenes.

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Hay algo inquietantemente familiar en la lectura que podemos hacer del conflicto francés desde nuestra casa. Las movilizaciones por la vivienda de estos días tampoco hablan únicamente de alquileres demasiado altos. Miles de personas han salido a las calles e incluso se prepara una huelga general. La vivienda, como la educación, concentra muchas cosas: trabajas y no puedes independizarte, cumples con buena parte de aquello que durante décadas definió una vida adulta normal y descubres que no puedes tener esa vida. Por eso una protesta sobre vivienda puede convertirse rápidamente en una protesta sobre el sistema político. "El tiempo de los políticos se ha acabado, es el tiempo de la calle”, dicen. Quizás convendría intentar entender qué esconde este clamor antes de indignarse por lo que implica su literalidad.

Hablemos de contradicciones políticas. Parte del espectro político dice que representa a los que tienen dificultades para llegar a final de mes, emanciparse o estudiar en condiciones dignas. Pero cuando estas personas se organizan fuera de los canales previstos, demasiadas veces se les mira con sospecha o paternalismo: los jóvenes franceses están manipulados, los inquilinos españoles son demasiado radicales. Es así como se deslegitiman las maneras que adopta el malestar sin hablar de qué lo provoca.

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Francia y España expresan el mismo malestar de fondo con formas diferentes: cada vez más personas descubren que aquello que durante años han vivido como un fracaso individual responde a un sistema que deteriora servicios públicos, encarece la vivienda, precariza el trabajo y reduce las expectativas de futuro. No son problemas separados, sino que forman parte de una misma experiencia de inseguridad y abandono.

Cuando tanta gente llega a esta conclusión, quizás la pregunta no debería ser cómo conseguir que se proteste de una manera más cómoda, sin afectaciones para quien no se quiere unir a las manifestaciones, sino por qué, para hacerse escuchar, tanta gente ha tenido que salir a la calle.