Granjas de personas
Cuando yo era Superman corresponsal que cubría toda Lérida de arriba abajo, si subía las escaleras hacia el cielo paraba a desayunar en Cal Farré de Baró. Con el tiempo me iba mimetizando como un ser más de la fauna de aquellas mesas de hartazgo del Pallars. Allí me relacioné con uno de los orcos más mitológicos de aquel país. En J.C. me hizo ver el futuro y me habló de lo que pasaría. Todo era al revés: el retorno de la albóndiga a la carne picada. Una que acertó antes de internet: “Todo el mundo vivirá en granjas de personas”. Amén.
Ya hace años que empezaron las explotaciones cárnicas. El sueño de saliva y ñam-ñam real, leal, letal, fue construir una Cataluña de cemento sobre la Cataluña natural. Las granjas de personas se edificaron horizontalmente, verticalmente, ortogonalmente, elípticamente... Barcelona, el Baix Llobregat, los Vallesos, pero también Lérida, Tarragona, Gerona, o Santa Maria del Pòrtland... La Costa Brava transformada en una Costa Domesticada, la Costa Dorada hecha una Costa Detergente. Toda Cataluña sepultada de cemento. Un parking con plantas y plantas de hormigón. Debajo pueblos y pueblos. Personas muertas en vida. Enterradas por los ataúdes de mortero. Todo con fisonomía de losa de RIP. Skyline de zombis de hormigón. Un ejército de cadáveres de cemento. Pero no hemos tenido suficiente. Necesitamos más mezcla calcinada de piedra caliza y arcilla u otra sustancia, que da un mortero que se endurece rápidamente. Necesitamos alzar edificaciones para tanto ganado.
Habrá más granjas de personas. Se dice y se repite. Y se hará. Lo llaman densificación. Nadie sabe qué quiere decir. Bueno, sí: la Cataluña de los diez millones. O de los veinte, o de los treinta. Más granjas sobre granjas. Y aún más. Rascacielos sobre rascacielos de granjas. ¡¡¡Cielo, que venimos!!! Todo el mundo tendrá su nido. Todo el mundo tendrá el ataúd y el huertito. No era la Cataluña ciudad: era la Cataluña granja. Mirad el plano.
Las posibilidades son enormes, colosales, inimaginables. Con este sistema, la Sagrada Familia se podría acabar en semanas. A precio hecho, ¿cuántas criaturas podrían vivir aquí? ¿25.000 sofás de uso unipersonal? ¿100.000 camas para parejas sin hijos? Y la memoria del cemento ya dirá que Gaudí no era arquitecto sino promotor inmobiliario. Y después otros le condenarán por especulador de suelo urbano y celestial. Y podríamos seguir por Montserrat, Poblet, el castillo de Cardona, la Seu Vella, el Camp del Barça… Y todos los parques y jardines del país. También se podrían construir pisos en los aparcamientos, y así luchar contra el cambio climático prohibiendo los coches. Nuestros sueños están hechos de cemento. Densificar es progresar. Densificar es ir más allá… al más allá. Más y más personas. Todas encerradas. En la caja.
Me decía J.C.: “Hemos pasado de las casas en las que vivían siete personas a encerrar a los abuelos en las residencias. De vivir de la ganadería a ganarse la vida siendo funcionario…” Y así todo. Hemos pasado a ser animales. Ya hemos destruido el país una vez. Aquel franquismo de cemento. Ahora la democracia de más cemento. De la nación a la negación hecha densificación. Volverán a enterrar personas en vida. Pueblos, paisajes, sentimientos, memoria, vida. Nada. Ahora más y más. Dándole la espalda a la naturaleza. Y al todo. Jugando a ser Dioses impotentes. Todo acabará así: carne picada, que es lo más parecido al cemento. Cataluña será un gran cementerio.