La guerra de las bibliotecas
Ordenando libros en la biblioteca de casa me he topado con el catálogo de una exposición fotográfica sobre bibliotecas, de hace treinta años (1996), en la que el historiador del arte Francesc Miralles Bofarull, en el texto introductorio, se remonta a la prehistoria del libro, cuando las ciudades de Alejandría y Pérgamo competían por quién tenía la mejor biblioteca. El libro era una tecnología nueva, puntera, sinónimo de innovación, poder, conocimiento e información. Era la IA de la época. Si la IA se dedica a recoger, procesar y explotar toda la información libresca milenaria, los libros de entonces fijaban para el presente y la posteridad todo el conocimiento oral precedente.
Hacia el 290 a.C., Ptolomeo I, asesorado por el filósofo y político ateniense Demetrio de Faleros, creó el Museo de Alejandría, con su biblioteca. Sus sucesores la fueron ampliando –llegó a contener 700.000 títulos–, hasta que Ptolomeo V, para impedir que Eumenes de Pérgamo le pasara por delante con la biblioteca de la ciudad rival, prohibió la exportación de papiros, planta con la que se confeccionaban los rollos-libros. En medio de aquella guerra fría por el conocimiento y control de los textos, Eumenes buscó una salida tecnológica nueva: escribir sobre piel de animales. Así nació en Pérgamo el pergamino, que duraría siglos.
(En la época medieval, el monasterio de Poblet disponía de numerosos rebaños de ovejas para tener asegurada la producción de pergaminos. Hasta la invención de la imprenta, el libro de papel no se impuso al pergamino. La obra de Irene Vallejo, El infinito en un junco, narra magistralmente el nacimiento y evolución del libro desde la antigua Mesopotamia y el antiguo Egipto hasta hoy).
Las dos grandes bibliotecas de la antigüedad se convirtieron en objetivos bélicos. El año 48 a.C., Julio César incendió la de Alejandría, pero el también romano Marco Antonio la reedificó y, para llenarla de nuevo de libros, saqueó la de Pérgamo y se llevó doscientos mil volúmenes, que dio a su amante egipcia Cleopatra. El libro era un objeto valioso y codiciado. ¿Hoy alguien se imagina a Trump o Putin con un libro en la mano? Los colaboradores del presidente estadounidense dicen que es incapaz de leer ni siquiera un informe mínimamente extenso. Se supone que escribió uno, de libro, El arte de la negociación (1987). Definitivamente, Trump y Putin no son Ptolomeo ni Eumenes. Ojalá hoy tuviéramos guerras frías por las bibliotecas.
En medio del auge y el predominio de la cultura audiovisual, las bibliotecas y el libro mantienen un cierto prestigio minoritario. Pero no se puede dar por hecha su supervivencia. Los hábitos culturales cambian rápidamente. La lectura por pantalla, más volátil y dispersa, gana terreno. Una ciudad con bibliotecas y librerías es una ciudad que tiene ambición cultural, que cuida la memoria y que quiere generar creatividad y pensamiento. Uno de los grandes déficits que arrastramos es la falta de bibliotecas en las escuelas e institutos –no un aula con libros, sino una biblioteca organizada y dinamizada por un profesional–. El hábito de lectura se crea en la infancia y la adolescencia.
Ahora que estamos en verano, me pregunto: ¿hay turismo de bibliotecas? La nueva Biblioteca de Alejandría debería ser un must. O la del Congreso de Washington, la British Library de Londres, la Bodleian de Oxford, la Nacional de París y tantas otras. De librerías singulares también hay muchas. La Biblioteca de Catalunya, con sus preciosas salas góticas, es una gran desconocida para la mayoría de barceloneses y catalanes. Hace décadas, el tándem Oriol Bohigas-Dolors Lamarca (ambos ya fallecidos) se imaginaron una especie de pirámide del Louvre cubriendo los jardines de Rubió i Lluch, tan degradados, convertidos en monumental hall y sala de lectura de la Biblioteca de Catalunya. Habría sido un fabuloso icono cultural de Barcelona. El proyecto debe dormir en algún cajón municipal.
Ahora las bibliotecas son refugios climáticos. Y todo el año son refugios de serenidad donde la vida se ralentiza y puedes sentir el aliento de una sabiduría atávica. Lugares donde soñar con los Ptolomeos y olvidar los Trumps.