Haití, el infierno del que no se puede escapar
Jaime Gil de Biedma exageró: “De todas las historias de la Historia, la más triste es la de España, porque termina mal”. Quizá el poeta no conocía Haití, cuya historia empezó mal, siguió peor y no deja de hundirse en un horror interminable. De Haití apenas se habla ya: para qué seguir describiendo el caos y la violencia de cada día.
Empecemos por un asunto trivial y aparentemente positivo: la selección haitiana de fútbol se ha clasificado para el Mundial de este verano. Es la segunda vez. Tras la primera, en 1974 (tres derrotas y eliminación), el dictador Jean-Claude Duvalier, llamado “Baby Doc”, echó del país a todos los jugadores. Uno de ellos había sido torturado en plena competición.
Este año, sea cual sea el resultado, difícilmente habrá represalias: todos los futbolistas viven fuera. El seleccionador, el francés Sebastien Migne, no ha pisado Haití. “Es demasiado peligroso”, dice. Los partidos de clasificación se han jugado en otras islas caribeñas. Y ni siquiera hay un presidente que pueda castigar a la selección por sus derrotas.
Ahora vayamos al principio. Haití comparte una isla caribeña, La Española, con la República Dominicana. Fue una colonia de esclavos en manos de Francia hasta 1804, cuando, tras años de guerra, el general Jean-Jacques Dessalines (nacido entre cadenas y latigazos) proclamó la independencia y se proclamó a sí mismo emperador. La bandera nacional fue copiada de la francesa, pero suprimiendo el blanco para simbolizar el exterminio de los esclavistas.
Nadie quiso comerciar con el nuevo “imperio” de antiguos esclavos negros. En 1825, Francia exigió una indemnización brutal (en proporción, como si España tuviera que pagar ahora 16 billones de euros) por la pérdida de su colonia. Y Haití intentó hacer frente al pago, para que se le abrieran los mercados internacionales de azúcar. No logró ni lo uno ni lo otro. Ya nunca levantó cabeza.
Desde principios del siglo XX, Estados Unidos impuso a Haití un régimen neocolonial. La servidumbre ante Washington alcanzó el clímax con la brutal dictadura de los Duvalier, “Papá Doc” y “Baby Doc”, entre 1957 y 1986. “Papa Doc” se molestó en convocar unas elecciones, las de 1961: las ganó por 1.320.000 votos a favor y ninguno en contra.
Entre otros servicios prestados al país, los Duvalier reimplantaron el vudú como religión oficiosa. Y, sobre todo, crearon el sistema de bandas violentas que hoy domina Haití. La primera banda fue la formada por los “Tonton Macoute” (traducción libre: “los hombres del saco”), policías y espías de los Duvalier que, ya sin dictadura y sin empleo pero con un arsenal de armas y de información, formaron un grupo mafioso de extrema crueldad. Ahora hay una veintena de bandas.
El último presidente de Haití, Jovenel Moïse, fue acribillado a tiros en su dormitorio el 7 de julio de 2021. Mercenarios colombianos reclutados por una empresa estadounidense, bajo la dirección de exiliados haitianos y con el consentimiento de la CIA, cometieron un magnicidio que sigue impune. Se creó una “junta presidencial” cuyo mandato expiró a principios de este mes. La única autoridad (muy relativa) es ahora la del primer ministro Alix Didier Fils-Aimé, un empresario de tintorerías impuesto en 2024 por Estados Unidos.
Fils-Aimé, cuya policía no controla ni la capital, Port au Prince, ha contratado a la empresa estadounidense de mercenarios Vectus Global (antigua Blackwater, disuelta tras cometer masacres en Irak) para combatir a las bandas con drones explosivos. En cada ataque de Vectus mueren inocentes. El pasado 20 de septiembre, las víctimas fueron ocho niños menores de 10 años.
¿Cabe más horror? Sí, por supuesto. Las violaciones grupales y las decapitaciones son cotidianas. Grupos de “vigilantes” recorren las calles con machetes. Apenas hay actividad económica y faltan alimentos. En un país más pequeño que Catalunya, una población de 11 millones está al borde de la hambruna.
Durante el mandato de Joe Biden, más de 400.000 haitianos pudieron refugiarse en Estados Unidos con permisos humanitarios provisionales. Donald Trump ha revocado esos permisos y han empezado las repatriaciones masivas. También República Dominicana (que construye un muro para dividir la isla y “encerrar” a los haitianos) los expulsa de su territorio. Haití es un infierno del que parece imposible escapar.