El futuro de Bruselas y Kiiv pasa por Budapest

El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y Vladimir Putin, en una imagen de archivo.
16/03/2026
Periodista
4 min

Imágenes gigantes de Volodímir Zelenski llenan las vallas publicitarias de la campaña electoral en Hungría. El primer ministro, Viktor Orbán, ha decidido convertir las elecciones generales del próximo 12 de abril en un referendo sobre la guerra de Ucrania y, de paso, alimentar la psicosis bélica que ya le garantizó una fuerte mayoría en el 2022. El líder del Fidesz lleva dieciséis años ininterrumpidos de gobierno, edificados sobre supuestos en. Desde 2010, Orbán y su partido —convertidos en referentes para la extrema derecha transatlántica— han logrado edificar un enorme ecosistema mediático partidista, en cuyo centro se encuentra la Oficina Nacional de Comunicación, bajo la atenta supervisión del primer ministro. Miles de millones de euros invertidos en campañas de comunicación y una estrategia de coordinación de mensajes en las redes sociales se suman a la creación de movimientos de activismo de base que se encargan de amplificar el argumentario, teorías y acusaciones que dicta Fidesz.

En los discursos de Orbán, Zelenski es el agresor que desestabiliza Hungría, y el líder de la oposición, Péter Magyar, el "títere" de Bruselas y Kiiv. Una retórica que ha llenado este fin de semana las calles de Budapest. El día nacional de Hungría, el 15 de marzo, se convirtió en una feroz competición, numérica y de relatos, entre Orbán y Magyar, el líder del conservador Tisza (Respeto y Libertad), que aventaja a Fidesz con 10 puntos en las encuestas.

Dos manifestaciones multitudinarias, de signo contrario, recorrieron la capital. Los partidarios de Orbán llevaban pancartas bajo el lema "No seremos una colonia ucraniana", mientras que el líder opositor acusaba al primer ministro de buscar la ayuda del Kremlin para mantenerse en el poder.

Budapest está inmersa en una dura disputa con Zelenski. Orbán acusa a Kiiv de retrasar intencionadamente la reparación del oleoducto Drujba —atacado con drones a finales de enero—, que transporta petróleo ruso a través de Ucrania hasta Hungría y Eslovaquia. Budapest y Bratislava están exentas de las sanciones de la UE sobre el petróleo ruso y, al mismo tiempo, son los dos países de la Unión Europea que se oponen al préstamo de 90.000 millones de euros para financiar el esfuerzo bélico de Kiiv, que la UE intenta aprobar desde diciembre y que requiere el apoyo unánime de los Veintiún. Además, Orbán también ha bloqueado el vigésimo paquete de sanciones de la UE contra Rusia, mientras comienzan a emerger, a escala comunitaria, las voces a favor de empezar a hablar con Moscú.

La Comisión Europea ha decidido intervenir para suavizar la disputa y se ha comprometido a enviar una misión de investigación para inspeccionar el oleoducto Drujba. Sin embargo, una investigación periodística ha asegurado, en cambio, que el Kremlin habría encargado a la empresa informática Agency for Social Design (ASP), con sede en Moscú y conocida por sus campañas de desinformación, que intervenga para reforzar a Orbán en la campaña electoral. Vídeos generados con IA —como la historia donde se ve a un padre húngaro ejecutado en un campo de batalla mientras la familia le espera en casa— y mensajes que anuncian la inminente aparición de un escándalo sexual —que se da por hecho que afectaría a Magyar— han elevado el grado de toxicidad de la campaña con un Orbán cada vez más nervioso. Ni el apoyo explícito de todo el movimiento MAGA, ni el paso por Budapest del secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, ni las interferencias del Kremlin han rebajado, por el momento, las expectativas sobre Magyar, un político que ha sabido apropiarse de algunos elementos del estilo de comunicación populista, del lenguaje simbólico, del lenguaje simbólico y de las lenguas simbólicas amenaza la hegemonía de Orbán. Mientras el primer ministro hizo de la guerra y el oleoducto el tema clave de su campaña, Magyar se centró en las preocupaciones del día a día: en el peso de la burbuja inmobiliaria, el encarecimiento de los precios y el recorte en las previsiones de crecimiento.

Pero, sobre todo, es la maquinaria de negocios del Fidesz la que se tambalea en estos momentos. Orbán ha edificado un sistema que se ha valido de las instituciones y los recursos públicos para remodelar sistemáticamente el estado húngaro de pies a cabeza. Además, durante más de una década, ha invertido decenas de millones de euros en la construcción de una red global iliberal y de un clientelismo local que le ha garantizado una capacidad de influencia extraordinaria.

La lista de desafíos de Orbán es larga: violación de la separación de poderes y de la independencia de los medios de comunicación públicos, persecución de la oposición política y social, un "sistema de fraude organizado" -denunciado por la Oficina Antifraude (OLAF)- de los fondos europeos, demonización de la demino el autoritarismo.

Tanto en Kiiv como en Bruselas esperan el resultado del 12 de abril para poder imaginar los escenarios de futuro de una Unión Europea que se fragmenta por momentos. Cuando el 22 de mayo del 2015, en una cumbre de jefes de estado y de gobierno en Riga, el entonces presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, saludó a Orbán con uno que "viene el dictador" mientras levantaba el brazo derecho y le clavaba un bofetón cariñoso (marca de la casa), con empuje un proceso de autocratización que se ha convertido en un contrapoder europeo.

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