¿Por qué hay gente que ya no cree en el periodismo?

Es imposible entender la pérdida de credibilidad del periodismo y los expertos como un conflicto entre la racionalidad de una élite y la estupidez de la mayoría, un marco incompleto y estéril que no hace más que agravar el problema. Ante la obviedad de que la extrema derecha tergiversa los hechos para hacer el relato que más le conviene políticamente, no se puede responder con la idea de que el centro, la izquierda, el periodismo o la academia son los representantes de una realidad neutral sin sesgos y que la gente que no la acepta es malintencionada y/o estúpida. La realidad es que podemos distinguir entre verdad y mentira en el nivel elemental de los hechos, pero en las cuestiones sociales y políticas siempre hay una visión necesariamente parcial que implica juicios de valor y tomas de posición que lo atraviesan todo, desde el redactado de un titular hasta el orden y el peso que un experto da a cada elemento de su explicación supuestamente imparcial. La crisis del periodismo se ha de entender desde una perspectiva mucho más paradóxica y contraintuitiva que el relato de buenos contra malos.

La primera paradoja es que, al principio de la Modernidad, el conocimiento fue la principal fuerza emancipadora con la que los ciudadanos combatieron la tiranía del poder. Esta situación se ha acabado invirtiendo y ahora el conocimiento es la herramienta con la que el poder legitima su control sobre los ciudadanos. En la Antigüedad, la autoridad de los aristócratas y de la Iglesia estaba basada en una sumisión completa del tipo "porque lo digo yo", y la apuesta de la Ilustración por la razón y la ciencia sirvió para desmontar este dominio arbitrario y liberar a la gente. La revolución ha sido tan absoluta que, hoy, la única manera que tiene el poder para justificar los límites de lo que se puede hacer y lo que no es "porque lo dicen los expertos".

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Resulta que esto, que sobre el papel parece una ganancia neta, nos ha llevado a una situación nueva y mucho más complicada de juzgar. A la hora de la verdad, los poderosos no siempre hacen un uso legítimo del conocimiento, sino que lo instrumentalizan para camuflar intereses de clase y juicios de valor. Por ejemplo: durante años, los economistas neoliberales desfilaban por los medios para explicarnos que la ciencia económica decía que desindustrializarnos y abrirnos al flujo del capital global sin ningún tipo de regulación era una gran idea. Pero incluso en cuestiones de ciencias más duras en las que la objetividad parece indiscutible, hemos entendido que hay un salto político entre la descripción epidemiológica de un virus y las medidas que hay que tomar para combatirlo. Y el periodismo de las últimas décadas se ha convertido demasiadas veces en un agente que presentaba el contenido político de una decisión como si fuera la verdad impoluta de un oráculo tecnocrático.

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Este matrimonio ambiguo entre las autoridades y el conocimiento ha llevado a otra paradoja: la extrema derecha puede apropiarse del resentimiento acumulado contra las malas decisiones de los expertos y cargar la crítica a la casta tecnocrática con la energía emocional insuperable de las causas emancipadoras cuando, en realidad, el proyecto político de la nueva derecha es sustituir una forma de obediencia por otra todavía más abnegada y absurda. También por esto, a la extrema derecha no se la desenmascara acusándola de hacer un discurso que no se corresponde con los hechos y ya está, sino que hay que demostrar que las medidas que propone son contradictorias con los mismos objetivos políticos que dice que defiende; que detrás de su llamada a la libertad y a la protección hay un programa que dejará a la gente todavía más a la intemperie. El disfrute antiestablishmentque canalizan las nuevas derechas no se desmonta con una llamada a respetar la autoridad del establishment actual, sino revelando cómo unos y otros continúan defendiendo formas de injusticia y explotación.

El periodismo nunca recuperará la credibilidad si toma partido por la autoridad: debe tomar partido por la democracia. Y, contrariamente a lo que se nos suele decir, la democracia no es un sistema estable basado en la obediencia resignada de los ciudadanos al poder de una minoría que sabe lo que nos conviene (eso es la aristocracia), sino en los deseos y aspiraciones de un pueblo que siempre demuestra que el sistema nunca está del todo a la altura de las promesas que hace. La gracia de la democracia es que, a diferencia del autoritarismo de un monarca, de un líder religioso o de un experto científico, nunca se conforma con un orden social cerrado y siempre mantiene abierta una rendija para la duda y la crítica. Por eso, toda conquista democrática es siempre el resultado de haber ido más allá de lo que el viejo orden decía que era un límite imposible de superar. Si los que escribimos en medios somos capaces de estar a la altura de esta tarea tan difícil, inmediatamente romperemos la falsa dialéctica entre racionalidad y emoción, y el periodismo recuperará la vibración emancipadora que se encuentra en su origen y que es, justamente, la fuente de su credibilidad.