Hemos hecho otra cima

¿A cuántos álbumes antiguos de fotografías que corren por las casas no habrá fotos tiradas en la azotea? Subían los abuelos o los padres con aquellas cámaras con poca tecnología disponible (se llamaban "máquinas de retratar"), a encontrar la luz que no había en el piso para que la foto no saliera oscura, y un fondo sin complicaciones que la calle no podía dar. Supongo que en cada sitio debieron buscar su referencia de horizonte. En Barcelona estaba clara, era la Sagrada Família, con esas cuatro primeras torres peladas de la fachada del Nacimiento, en la calle Sardenya, que fueron la imagen de la ciudad durante casi cuarenta años. Tan fijada estuvo, la imagen, que para muchos barceloneses con esas cuatro agujas bastaría.

En las últimas décadas, las obras han crecido tan rápido como los niños, hasta la fecha, en que la obra de Gaudí ha alcanzado la cima. La coronación arquitectónica a más de 172 metros de altura da a Barcelona un nuevo motivo de monumental singularidad y reafirma el papel de la Sagrada Família como catalana universal de piedra, en un mundo en el que, por más que pasen los siglos, continúa la fascinación por los rascacielos.

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Ahora la obra deberá crecer por la calle Mallorca, asunto delicado porque para hacer la escalinata de la fachada principal, el templo deberá salir por primera vez de la manzana del Eixample donde se ha construido, volar por encima de la calle y aterrizar allí donde ahora hay casas de pisos. Hace años que se trabaja para hacerlo con acuerdo y compensación, pero la polémica acompañará siempre a una iglesia tan diferente de todo que a la fuerza nunca dejará a nadie indiferente, ni a los críticos ni a los admiradores.