La IA dinamita la educación

Aunque no nos guste reconocerlo, la inteligencia artificial nos ha prácticamente dinamitado el sistema educativo en la secundaria, el bachillerato y la universidad. El mundo digital ya nos impactó muy fuerte, tanto en el hecho de que el recurso a internet podía suplir –y lo hacía– el proceso de buscar, aprender y construir a la hora de hacer trabajos, como también en la capacidad de atención y en el valor del aula como espacio formativo y de creación: con las aulas virtuales, habíamos pasado a proporcionárselo todo. El mundo al alcance de un clic, creían los estudiantes, que entendieron que la era del trabajo y del esfuerzo se había acabado. La Wikipedia, o bien el Rincón del Vago, se convirtieron en los repositorios del contenido que aparecía en todos los trabajos. Ya no hacían falta recursos bibliográficos y, aún menos, leer. Los psicopedagogos, siempre tan atentos a las nuevas tecnologías, consideraron que no había ningún problema, que se trataba de cambiar de metodologías y que, si lo sabíamos hacer, los recursos tecnológicos jugarían a nuestro favor. Hacía falta, decían, priorizar las habilidades digitales de los jóvenes y no preocuparnos porque incorporaran saberes y conocimientos, sino habilidades y competencias. Las aulas se convirtieron en espacios lúdicos donde se jugaba con ordenadores y móviles –entornos de aprendizaje, les llamaban–, mientras se dejaba de leer y escribir, se perdía la capacidad de atención y el profesor se convertía en un mero animador. La ignorancia y la desvinculación del aprendizaje progresaron adecuadamente, con chicos cada vez menos motivados, incapaces de esfuerzo y trabajo, hiperprotegidos, narcisistas y con problemas de neuroaprendizaje y de salud mental poniéndose de manifiesto.Desde hace poco más de un año, la IA ha aterrizado con toda la capacidad destructora de que dispone frente al sistema educativo. En los trabajos, no existe ni la tarea de cortar y pegar. Te lo hace directamente y del todo. Fundamenta, estructura, redacta hasta parecer un buen trabajo. En general, aún no lo es del todo. Comete errores de becario: se inventa referencias bibliográficas y te construye gráficos, a veces, surrealistas. Como es una tecnología que aprende, cada vez es mejor, y con una lectura superficial se corrigen los errores evidentes. Y como su perfección formal puede levantar sospechas sobre la autoría, puedes pedirle que introduzca errores humanos para que resulte creíble. Si, como profesor, lees un poco seriamente un producto que sabes que no ha escrito tu estudiante, pronto encuentras el carácter mecánico en la redacción, la falta de alma. No tenemos defensa posible frente a esta irrupción que lo que hace es sustituir el trabajo, relegar al mismo estudiante que utiliza este instrumento facilitador. De nuevo, los tecnooptimistas afirman que debemos integrarla, ayudar a los discípulos a utilizarla, dicen, de manera adecuada y responsable. También que el futuro es esto y que “ha venido para quedarse”. De esto último estoy seguro, pero si apostamos por tecnologías y metodologías que nos sustituyen –y no hablo de puestos de trabajo, que también–, que eliminan cualquier esfuerzo, desaparece lo fundamental en el aprendizaje, que es el proceso. Sin el camino no hay consecución del saber ni el valor de la experiencia. Es la aniquilación del conocimiento humano y la pérdida por parte de los individuos de su singularidad vinculada a la cultura y al saber; individuos sin alma.

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Este curso hemos llegado al paroxismo. Los trabajos finales de grado han sido, mayoritariamente, trabajos de dimensión kilométrica hechos por ChatGPT o similares. A menudo, se veía en los ejercicios orales de presentación que los autores ni siquiera se los habían leído. Una humillación para el ejercicio de profesor: por la lectura insípida, por no disponer de pruebas del abuso de la IA y por –muchas veces– tener que hacerse el inocente y no meterse en libros de caballería. Puesto que en el mundo que vivimos el engaño es, para muchos, más una habilidad que un pecado, en que de lo que se trata es de simular, que las cosas parezcan..., se ha llegado al punto que algunos profesores, a la hora de evaluar, han utilizado el ChatGPT para hacer un resumen de los trabajos y para que, además, fuera la máquina quien preparase las preguntas de rigor que hay que hacer al estudiante en un tribunal. Esto, casi, más que distópico resulta poético: la IA siendo evaluada por otra IA, mientras estudiante y profesor hacen el desentendido, como si humanamente hubieran hecho, el uno y el otro, alguna cosa. Si esta es la dinámica, podemos dejar que la IA se lo haga mientras nosotros tomamos tranquilamente una cerveza, aunque no dialogaremos de nada, ya que no habrá nada de qué hablar; la capacidad para conversar se habrá perdido por el camino.Llegados a este punto, si somos un poco dignos, ya no podemos mirar hacia otro lado. Tenemos que repensar el sentido y el propósito del aprendizaje, de lo que se hace en la universidad. ¿Recordáis todo lo que aprendíamos cuando vivíamos o impartíamos las tan menospreciadas clases magistrales?